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jueves, 3 de mayo de 2012

Un hombre no es nada sin su sombrero

Mientras arreglo el soberano estropicio ocurrido en mis borradores y vuelvo a preparar la serie "El asesinato de la joven Anne", os dejo con otro texto rescatado de mi antiguo blog "Literatura en Volendam".

Espero que lo disfrutéis...otra vez...

"Un hombre no es nada sin su sombrero. Eso es algo que se aprende en la escuela, desde muy pequeño.

Una vez conocí a un señor que lo había perdido todo en unas apuestas: la casa, la mujer, los hijos, el coche, el empleo, la gabardina, los zapatos, la corbata, la camisa, el chaleco de pana y el de raso, los órganos, y hasta la razón; pero conservaba el alma y la dignidad porque aun llevaba su sombrero. Y la gente le gritaba en la calle “oye, vas desnudo y vives solo en una plaza”, pero él contestaba orgulloso “sí, mas aun poseo un sombrero bajo el que vivir” y se iba sonriente.

Otra vez supe de un señor que comió tanto que tuvo que ser ingresado de urgencia en un hospital y, cuando abrió los ojos y vio al doctor, le gritó desesperado que salvaran su sombrero.
Bueno, según dicen, aquel señor tan glotón fue enterrado esa misma tarde, pero consiguió en su postrer intento que su sombrero obtuviera una buena cantidad de dinero con la que pudo cubrir sus gastos hasta el día en que, de manera accidental, voló hasta un estanque donde, húmedo, fue maltratado hasta la muerte por unos patos algo bobos.

En otra ocasión, el noticiario matutino anunció que una señora se había divorciado de su pamela amarilla con una cinta azul y había perdido la custodia de los niños a favor de su sombrero. La noticia no tendría nada de extraño, dado que por todos son conocidos los divorcios entre personajes de cierta categoría y sus sombreros, de no ser porque, agobiada, la señora decidió poner fin a la vida de la pamela y después suicidarse…¡dejando solos a tres pobres angelitos!

Un día llegó a mis oídos la historia de unos caballeros que habían decido compartir el único sombrero que poseían. Esa misma noche, el despistado complemento confundió las personalidades de tan gentiles señores y, desde entonces, no han vuelto a ser los mismos, y van por el mundo como autómatas.

Otro día, al caer la tarde, yo presté mi sombrero a alguien cuyo nombre me es doloroso recordar. No le transmití mi suerte, no le transmití mi pensamiento, no le transmití las noches plagadas de sueños felices, ni siquiera le transmití mis más tenebrosas pesadillas; no, sólo le transmití mi capacidad para olvidar el dolor…y debí hacerle mucho daño sin querer, porque desde entonces no se acuerda de mí.

Y es que un hombre no es nada sin su sombrero. Eso es algo que se aprende en la escuela, desde muy pequeño".

sábado, 29 de enero de 2011

Robar la luna

Es un hecho conocido por todos que la luna está hecha de queso. Un gran queso de bola que gira sin cesar en torno a la Tierra. Desde cualquier parte del globo, cuando se mira –si sabe mirar bien- pueden verse los enormes agujeros de este gran queso.
A veces, cuando la noche es muy clara, uno puede aspirar el aroma tan peculiar que desprende el astro. No es como el de  cualquier queso conocido, es muy extraño, como una mezcla de todos a la vez.

Como ya habréis podido imaginar, los intentos por robar la luna han sido innumerables. Además, muchos han sido también los que han intentado llegar hasta ella cuando andaban las despensas algo escasas de productos lácteos. Asimismo, es frecuente que los trabajadores de las agencias espaciales pidan a los arriesgados astronautas que les traigan un suculento pedazo de cosmos.
Hubo incluso una pareja de recién casados que quiso llegar a la luna para mezclar el queso del que está compuesta con su particular luna de miel. Por supuesto, todo quedó en la intención, pues los enamorados prefirieron un crucero por el Mediterráneo.

La última vez que intentaron robarla fue en 1997, hace justo hoy 13 años.
Un grupo de amigos necesitaba en aquellos momentos ingentes cantidades de queso para alimentar a sus mascotas, que, como habréis podido adivinar, eran hambrientos ratones. Pero no ratones normales, no. Estos animalitos se habían acostumbrado a zampar como elefantes, y no había comida suficiente para ellos en todos los supermercados del país.

El plan parecía sencillo: alquilar un cohete, cargarlo con cuerdas, atar la luna a la nave y, finalmente, arrastrarla hasta nuestro planeta, donde podrían trocearla y repartirla entre sus ansiosas mascotas.
Sí, lo habéis adivinado. Los problemas surgieron ya desde el principio: dónde encontrar un cohete de alquiler, dónde encontrar tanta cuerda como para amarrar el astro a la nave, habría que pagar tasas aduaneras al llegar a la tierra…
Aunque no lo creáis, aquel curioso grupo de expedicionarios encontró una nave espacial a buen precio que un viejecito del barrio usaba durante su juventud para hacer escapaditas cósmicas cuando lo agobiaban el jefe o la novia. La cuerda la aportó uno de esos vaqueros que aparecen en las películas que, de manera totalmente casual, se encontraba por la zona para vender tal cargamento. Una vez aclarado que los viajes interestelares no necesitaban de peaje alguno, se decidieron a acometer la empresa que tenían en mente.
Ya estaba todo preparado. Nada podía salir mal. La suerte estaba de su lado: el vecino, el vaquero, los impuestos…
Llevaron el cohete a la gasolinera más próxima para llenar el tanque de combustible que les permitiera realizar el doble viaje de ida y vuelta…

Todo fue uno. Ver los precios del combustible y olvidar su intentona de robo. Devolvieron el cohete al dueño, las sogas al vaquero para hiciera con ellas su venta, y se fueron a un parque a charlar tranquilamente sobre lo cara que andaba la vida.

Moraleja: Si no queréis fracasar al robar la luna, no tengáis ratones hambrientos por mascotas…