jueves, 16 de mayo de 2013

Don Paraguas



Paraguas. Paraguas hay muchos, de muy distintos colores y formas. Lo que hace la vida más alegre, más llevadera, es la enorme variedad de paraguas. Eso sin contar, claro está, con las sombrillas ni con los parasoles. Pero no hablemos ahora de sombrillas, soberbias y casi siempre malhumoradas, primas de los paraguas por parte de padre. Ni hablemos de los quitasoles, de espíritu debilucho, siempre delicados, vergüenza de la familia de complementos. Hablemos de paraguas hoy. Hablemos de Don Paraguas.

Don Paraguas es un tipo serio, formal. A Don Paraguas no le placen jaranas ni bulerías, sambas ni tarantelas; jamás ha escuchado rock y no entiende la diferencia entre pop y el canto superficial y molesto de las esponjas en la ducha. Don Paraguas no es un paraguas al uso, como puede verse y se verá, sino todo un señor. Don Paraguas es un señor paraguas.

En el mundo de los paraguas, el color es importante. Los de infinitos colores, los arcoíris del paragüero, aquellos que hacen las delicias de los niños cuando compiten en vivacidad, suelen llenar la calle con gritos y risas. 
Los hay de tres colores, pero a esos se los considera unos veletas, unas balas perdidas, o, para los paraguas más comprensibles, complementos en una edad difícil. Luego están los de dos colores, más serios y formales, pero jóvenes y frescos aún. 
Los más sosos, los de un único color, se dedican a tareas de funcionariado: catalogan complementos, dan fe de nuevas modas, levantan actas de defunción cuando una fuerte racha de viento demuele a un paraguas. Son tipos planos, no saben mucho del mundo exterior, pero dominan los números como nadie.

Luego está Don Paraguas. Don Paraguas se sitúa en el escalón más alto. Con sus dos colores pardos, a menudo marrón y verde caqui, o rojo y sepia, a cuadros o a anchas franjas soberbias, Don Paraguas presenta ese aspecto viejo, casi rancio, de quienes pertenecen a una larga estirpe de paraguas.

Su caminar es siempre el mismo: erguido, muy recto en sus movimientos, no besa el aire ni aprecia la lluvia que se desliza por su espalda. Es su trabajo, nació para ser paraguas y no un trapo viejo. Se contonea altivo en ocasiones, mostrando al mundo lo que, en su mente cerrada, son los más hermosos atributos que un complemente puede poseer. Frente a todos presume de anchura, la misma que oculta un enorme bastón de madera que acaba en un mango de reluciente madera y oro. Y cuando por su lado pasan paraguas de peor calidad, siempre mira de reojo, y muestra recelo al contacto con ellos. Además, Don Paraguas jamás enseña sus varillas, eso es de mal gusto, se dice a sí mismo una y otra vez mientras se muerde el labio, refrenando un intenso deseo de abrirse, de escandalizar al mundo con sus bajos fondos.




Sí, en definitiva, Don Paraguas es un tipo peculiar. Es el rey de los paraguas. Es el complemento perfecto, señorial. Es muy donparaguas su alteza Don Paraguas.

domingo, 12 de mayo de 2013

Los sobrinos de don Simón

Tristes bajan los tres
sobrinos de don Simón.
Tristes traían las miradas,
y amarga era su canción.

Tres capas caídas eran
los sobrinos de don Simón.
Tres caídas largas eran,
como las tres de Nuestro Señor.

Y es que el pobre había muerto,
el pobre y bueno don Simón.
Y a ningún rufián dejaba herencia,
a ningún sobrino bribón.

jueves, 9 de mayo de 2013

Sueño 1: El difunto en la moneda

 La voz sonaba limpia y clara cuando se acercaba la moneda a la oreja. Parecía salir de uno de esos transistores viejos y una especie de eco envolvía la voz lejana. Era como si el alma viviera dentro de aquel pequeño objeto dorado. La muerte había sido vencida. Nuestros seres más queridos no nos abandonan nunca, viven para siempre en las monedas de oro.

Apartó lentamente la pieza de oro de su cara y la apretó con fuerza. No prestaba atención a lo que hacía. Se limitaba a sentir el latir de su azorado corazón, el fluir de la sangre por su cuello hinchado, el fuerte dolor que la emoción provocaba en su pecho.
Había oído su voz. Sabía que no estaba muerto. La muerte había sido vencida. Aquella moneda lo mantendría con vida.

Desconocía los oscuros senderos que hay más allá del último minuto. La muerte era todo un misterio. Había recorrido los senderos del inmenso zafiro indomable, había sesgado incontables vidas, las había visto perderse bajo las olas; pero aquello que era o estaba o venía después, o no era ni estaba ni venía, después, seguía siendo todo un misterio.
¿Acaso era posible seguir vivo después de haber muerto? ¿Por qué impenetrable razón elegía un alma una moneda de oro? ¿Y si aquello no era más que un burdo truco y, en realidad, la muerte ponía fin a todo?

Aquella voz, tan lejana y tan cercana a la vez, hacía que por su cabeza fluyeran miles de pensamientos. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Era la primera en años. Por un instante, la muerte tenía un sentido cruel. Había visto morir a muchos compañeros en el mar. Los había visto hundirse gracias al plomo de los balazos recibidos. Sin embargo, por primera vez fue consciente de que no volverían, de que nunca más podría disfrutar de su presencia, de que su pérdida era única, última y eterna.
Ahora sólo sabría de ellos a través de las monedas. Se limitaría a escucharlos como quienes escuchan el mar a través de las caracolas muertas. Los tenía a su lado sin tenerlos. Se secó la lágrima, pero el dolor seguía mordiéndole el pecho como si de un feroz escualo se tratara.

La calle por la que había descendido comenzaba a llenarse de gente. El ruido se hacía cada vez más ensordecedor a medida que muchos de los paseantes entraban en aquel viejo y sucio tugurio. No oía bien la voz, pero podía intuirla si se acercaba la moneda al pabellón y afinaba el oído. Apretó con más fuerza la moneda en el puño. La muerte. La muerte. La vida. La muerte.

Se levantó de la silla. El corazón le latía en el cuello. Le dolía el cuello. Respiraba con dificultad, conmocionado por el descubrimiento. Tenía que encontrar a quien le dio la moneda, a quien reveló el secreto. Pero antes tenía que preparar un nuevo golpe, uno tan fuerte que lo haría entrar definitivamente en la historia. Y sabía a quien buscar para perpetrar el golpe.
Sus botas rechinaron cuando giró sobre sus pies. Sus pasos resonaban en la pequeña habitación llena, sobrecargada ya por el humo del tabaco y el fuerte olor a alcohol. Se dirigía a la calle. En su mano apretaba la moneda. Llevaba a aquel viejo consigo. El corazón le dio un nuevo vuelco. La muerte. La muerte. La vida. La muerte.

La muerte había sido vencida. Aquella moneda lo mantendría con vida.

jueves, 2 de mayo de 2013

Así murieron

 
Fue aquel un tiempo de muertes.
Primero murió la ilusión,
blanca y tiesa en un cajón
como aquella tinta seca
con la que abrí mi corazón.

Después murió el deseo,
hermano de la pasión.
Y en aquel lugar oscuro y frío
yacían muertos los dos.

Finalmente fue el amor
quien a la tragedia sucumbió.
Y lo siguieron las caricias
tiernas al sol,
y las miradas y los besos,
y otra palabras de amor.

jueves, 25 de abril de 2013

Los dedos danzarines

A mi prima A.D.C.
que se aprendió esta canción.




Son los dedos danzarines.
Están aquí para bailar
en el cuello, en el sobaco.
Están aquí para danzar.

Son los dedos danzarines.
Están aquí para bailar.
En los pies, en la barriga,
cosquillas te harán.

Cuando danzan los deditos,
todo el mundo a bailar;
con una música de risa,
los deditos danzarán.

Cuando la risa se afloje,
los deditos bailarán.
Son los dedos danzarines.
Muchas cosquillas te harán.

En la playa, en la montaña,
los dedos no pueden parar.
Son los dedos danzarines.
Están aquí para bailar.
 

jueves, 18 de abril de 2013

El superpadre

A mi primo S. D. C.
para que no le quite ojo a sus padres.
Y a su padre
por darme el argumento.






Era un día claro, de esos en los que el sol brilla con tanta fuerza que impide salir a quienes tienen por oficio amargar la vida a los justos, de esos que sólo pueden verse en el mediodía español. En un rincón de una linda casa situada en una tranquila calle de un pequeño pueblo a medio camino entre la playa y la montaña situado en una de esas provincias en las que brilla el sol en los días claros, la voz tierna de un padre resuena en la habitación de su hijo.

- Despierta, campeón. Hoy es el día. ¿Recuerdas que hoy iríamos a recoger setas al campo?- el pequeño abre unos ojos grandes en los que se aprecia con detalle, si uno sabe mirar, la encarnizada lucha que mantiene la ilusión contra el sueño.

El desayuno es importante. Ninguno de los dos sale de casa sin él. La comida es el combustible del cuerpo, recuerda siempre el amoroso padre; sin ella, se pararía el motor que nos mueve. Y el hijo asiente, seguro de que su padre tiene razón porque cómo no iba a tenerla el mejor de todos los padres.
La ropa también lo es. No es ya que no podamos salir desnudos a la calle, sino que hay que elegirla con cuidado. Sólo los niños desastrosos y los patos salen a jugar vistiendo el traje de los domingos. ¿Os sorprendéis? ¿Nunca habéis visto un pato vistiendo el traje de los domingos?

Salen de casa ambos de la mano. El más grande de los dos lleva una gorra que le compró su padre el día anterior, de esas en las que una bola rodeada de llamas golpea una calavera, de esas que están genial porque las compra papá. El padre lleva la mochila. El día va a ser inmejorable, grita el sol con cada rayo que atraviesa un día claro en una de esas provincias en las que hay pueblos a medio camino entre la playa y la montaña y en cuyas calles tranquilas hay casa lindas con rincones en los que un padre y un hijo planean su salida en busca de setas.

Suben al coche y se desplazan a las afueras, a una zona arbolada, el vestigio de un inmenso bosque que la estupidez de los hombres taló. Bajan del coche y se dan las últimas consignas: nada de locuras, nada de piernas rotas, la suya es una misión de hombres. Comienza la caza de hongos...

Llevan ya unos cuantos. Parece que el día se les está dando bien y los ánimos van en aumento. Cuando eso ocurre...bueno...ya sabéis que los padres recuerdan sus batallitas. Lo que está a punto de suceder, no lo imaginaríais jamás.

- Esto me recuerda a cuando estábamos en la mili, hijo mío- recuerda el padre con ese brillo en los ojos que sólo puede dar la nostalgia. Y la cantinela continúa...- Cuando íbamos al campo de maniobras, teníamos que buscarnos la vida nosotros mismos: encontrar comida y agua, levantar nuestro propio refugio, protegernos de las bestias que querían hacernos daño, de los animales que también querían hacernos daño...

El hijo escucha embelesado. Cómo no va escuchar así, si habla un héroe. Habla su padre, un héroe de verdad y no uno de esos mindundis con capa y ropa interior convertida en ropa exterior. Habla alguien que sabe lo que dice.

- Y más de una vez cocinamos setas. Las encontrábamos en aquellas caminatas que duraban horas y horas. Como estas, míralas...

El padre, sin saber muy bien que aquel hongo le cambiaría la vida, que lo convertiría en un verdadero héroe de capa y calzoncillos al viento, la lavó un poco y la tragó de un bocado. No habían transcurrido más de cinco minutos cuando todo comenzó a dar vueltas. Podía oír la voz de su hijo al fondo, lejana como su propia juventud, gritarle que estaba cambiando. Se miró las manos. Las venas empezaban a marcársele y los brazos crecían. Se le ensancharon los lomos y se le borraron las morcillas. Jamás había experimentado una sensación parecida.
Su visión también estaba mejorando. Su respiración se ralentizó porque ya no necesitaba tanto oxígeno. Cuando todo a su alrededor dejó de dar vueltas, buscó a su hijo con la mirada. No lo encontraba, así que decidió ir a buscarlo; tal vez se había ido a buscar más setas o se había asustado. Con un solo paso se desplazó varios metros. No podía creer lo que estaba sucediendo: había ganado velocidad, era velocísimo ahora.
Recogió un palo del suelo para apoyarse, pero lo partió con el tacto. Aquello no podía ser cierto. La seta le había dado poderes sobrehumanos. Se sintió ligero. Pateó el suelo y se levantó por encima de las frondosas copas de los árboles. Descubrió para su descontento que no podía volar, pero se dijo a sí mismo que aquello sería pedir demasiado. Dio otro de sus super saltos y afinó la vista para tratar de localizar a su hijo.

- Vamos a buscarlo- sonó una voz a su izquierda- No te dejaré solo en esta tarea, compañero...

Sus ojos eran ahora bancos. No podían dar crédito. Una tarta de chocolate y nata, con base de fresa le estaba dirigiendo la palabra y acababa de llamarlo compañero. Atónito, sin saber muy bien si aquello era real, se acercó despacio a la tarta, que levitaba a un metro y medio del suelo.

- Tranquilo, ahora somos compañeros. Yo represento tu vitalidad, te acompaño siempre. Los demás no pueden verme, pero tú sí porque has sobrepasado el umbral de lo humano. Todos los seres vivos tienen un avatar que simboliza su vitalidad; a medida que pasa el tiempo, el avatar se hace cada vez menos nítido hasta que un día, sin que puedan evitarlo, éste desaparece.
Sé que mi forma te sorprende. La verdad, a mí también. Cuando eras más joven, cuando pasábamos juntos la escarlatina buscando alimento, protegiéndonos de las bestias y corriendo durante horas, yo tenía el aspecto de un poderoso tigre. En fin, supongo que nos hemos hecho niños con la edad...eso está bien, supongo...

Todo era bastante extraño, pero si la gente se fiaba de políticos sin escrúpulos ni luces, por qué no iba a fiarse él de una tarta de tres sabores que hablaba con tanto aplomo y seriedad. Juntos podrían llevar a cabo grandes gestas, pero primero tenían que encontrar al pequeño que andaba perdido en medio de aquel vergel arbolado.
No hizo falta moverse. Al terminar de pensar en la búsqueda que la extraña pareja tenía que emprender, oyó a lo lejos la voz de su hijo...

- ¡Papá, papá!- todo se volvió oscuro de golpe. En la inmensidad del silencio apareció, titilante al principio, una luz que parecía correr hacia él. Tal vez era él quien corría hacia la luz. Por un momento tuvo miedo. No quería saber qué había al otro lado, pero el blancor inmaculado ya lo había alcanzado y lo envolvía por completo. A su lado podía ver a su hijo que sollozaba, a su esposa que se llevaba las manos a la boca.

- Nos ha dado un buen susto, caballero. Suerte que su hijo llamó a los servicios de emergencia y lo trajeron enseguida al hospital. Hay que tener más cuidado con las seta que uno ingiere.

La voz del médico era ronca y dijo aquello como quien lee una sentencia. Todo había sido un sueño, provocado por un envenenamiento que, por lo que pudo oír, no era grave. Debió suponer que nada podía ser real, que las tartas no hablan y que los héroes sólo existen en la desbordante imaginación de los hijos cuando estos miran a sus padres. Todo era mentira, salvo el día claro y el sol que impedía salir a quienes tienen por oficio amargar la vida de los justos...bueno, eso...y la tarta que desde los pies de la cama le guiñaba un ojo, aliviada...

viernes, 7 de diciembre de 2012

Versos a mi infancia

Bermeja era la nariz de aquel rey.
Bermeja era la real napia,
de quien, sin derramar una gota,
bebía de bota en bota.

El rey de Francia está enfermo,
quién lo sanará.
Llamad al gallo Kiriko,
él lo salvará.
 

 
Cojines van y vienen.
Cojines de quita y pon,
para cabezas o pies quién los tiene.
Cojines tengo yo.

En la mecedora un sueño,
roto y lento un soneto.
En la mecedora yo escuchaba
la canción que me cantabas.

Mantas traigo para ti.
Los pies te voy a cubrir.
El frío yo te quitaré
con las mantas que traeré.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Carta de despedida de un joven español

A quien pueda interesar:

En el mismo instante de redactar estas letras que ahora se corren con la humedad de mis lágrimas sobre el papel, me llamaba como tengo a bien firmar abajo, tenía veinticinco años y me hubiera gustado decir que un negro futuro por delante; pero no puedo, ya no me queda nada.

He pasado mi vida arropado más o menos por una familia que me quería tanto como yo a ella, una familia comprensiva que siempre quiso para mí lo que yo para ella. Es justo que en este triste y duro momento me acuerde de la familia. Ahora entiendo aquello de que en los momentos difíciles siempre estarían conmigo.

No es menos justo que, ahora que vuelvo la vista atrás y repaso estos veinticinco años, me acuerde también de mis amigos, esas personas que nunca me han dejado pese a que el tiempo dejara a muchos atrás.

Como digo, atrás echo la mirada buscando un salvavidas que me auxilie en este mar al que se dirige el río de mi vida. Buenos recuerdos los tengo, y no son pocos, pero quedan lejanos. A este instante no llegan sino ecos, como leves pasos en un salón o susurros en la noche de la memoria. ¡Qué mal ha pasado el tiempo!

Mis mejores recuerdos, creo, son de la despreocupada infancia que viví ajena a los problemas que azotaban a mis mayores. De entonces vienen a mi mente, ahora aletargada por el miedo ante lo desconocido, los juegos y las risas de mis compañeros. Dios mío, pareciera como si estuvieran riendo ahora mismo a mi alrededor, pareciera como si, asegurándome que todo está bien y que no hay nada que temer, me invitaran a dar este paso que tanto temo en realidad. Sus risas son un canto desde el abismo, un canto dulce de sirena.

Fue poco después cuando empezaron a decirnos que nosotros éramos el futuro. Una idea fascinante para unos jóvenes, sin duda, la de ser quienes un día formáramos parte de una tierra rica y fuerte en la que vivir felices. Una idea absurda, ahora que lo pienso, porque aquellas bellas palabras no resultaron ser sino mentiras; un bonito discurso sobre un papel tan mojado como en el que ahora me desahogo. Me pregunto en qué preciso instante mostró la vida su rostro más fiero y me golpeó hasta que perdí toda esperanza.

Esperanza. Una hermosa palabra entre los labios de un joven que empezaba la Universidad. Cada vez estaba más cerca ese futuro, ya casi podía alcanzarse, sólo había que alargar un poco más el brazo y sería mío.

También de la Universidad guardo recuerdos que se resisten a dejarme marchar sin luchar un poco más. Atrás quedaron los compañeros y llegaron los amigos. Con ellos sí que viví lo mejor de mi vida, con ellos sí me sentí vencedor de la niebla del futuro; y aunque momentos malos recuerdos los hubo, recuerdo con emoción que mis amigos siempre estuvieron ahí, apoyándome tanto como yo a ellos para no vernos caer.

Pasó aquel tiempo y más traicionera se volvió la vida. Ya no puedo fiarme de nadie. Ya no me queda nada salvo recuerdos que se habrán ido, que habrán desaparecido de este mundo, como si jamás hubieran existido, para cuando alguien lea esto.

Nada ha salido como esperaba. A lo largo de mi vida siempre habían dicho que esto es normal, que la vida no es rosa y que pocos son los que alcanzan sus sueños; pero cuesta demasiado verse en esta situación después de todo lo pasado, después de todo lo vivido.

Sé que muchos me tacharán de egoísta y de cobarde por haber tomado esta decisión para cuya culminación no estoy seguro de estar preparado. Sé que no tengo problemas. Sé que un problema es una hipoteca, niños, el miedo a perder el trabajo. Lo mío, lo sé porque me lo han repetido hasta la saciedad, no son problemas. Yo no tengo hipoteca que pagar porque, después de tanto esfuerzo, no tengo un trabajo con el que pagarla ni con el que comer ni con el que tener niños ni…no, no tengo. Soy una carga para quienes dicen que me quieren. Soy un peso muerto a mis veinticinco años, veintiséis si hubiera aguantado un poco más. Soy una carga para todos. Soy una carga para la familia, que critica a los jóvenes que no trabajan; soy una carga para el Estado, que me dice que no tengo afán emprendedor; soy una carga para el banco, a quien no puedo darle ni un céntimo más. Soy una carga y hay que aligerar peso para que el barco no se hunda.
No quiero que estas letras se conviertan en un instrumento contra unos y otros. A fin de cuentas, a los políticos no les importa lo que pasa porque ellos ya se han salvado, no son más que como ese asqueroso capitán que abandonó el barco al ver que se hundía. A los banqueros no les importa porque cómo va a importarles la vida de alguien a quien no conocen y no representa para ellos más que un número en negro o en rojo. No, estas letras llegan demasiado tarde para ser instrumento contra nadie. Yo solo quiero dejar constancia de que existí, de que una vez estuve vivo y sentí y vi y oí y reí y lloré.

En fin, ya que inexorable se acerca mi final, quiero pedir perdón a quien me lea por mi mala escritura: no me quedan fuerzas para sostener la pluma, como no me quedan fuerzas ni para suspirar. También quiero pedir perdón a quienes dejo aquí con problemas que son más importantes que los que me arrastran a esta situación, y a quienes he querido siempre como ellos me han querido a mí. Quiero pedir perdón a quienes hice daño, intencionadamente o no, a lo largo de estos años. No espero el perdón de nadie, salvo de quien haya de juzgarme allí arriba, pero sí os pido clemencia para cuando yo no esté.
Estoy seguro de que volverán los buenos tiempos y las bellas palabras de futuro y esperanza cobrarán más fuerza y sentido que nunca. Estoy seguro de que la desesperanza que ahora atenaza a quienes viven como yo, ha de dar paso al poder de la voluntad de vivir. Estoy seguro de que seréis felices.
Recordad siempre que os quiso hasta su último suspiro,
X.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Cuentos del mundo: El soldado encantado

No se puede hablar de Granada y sus leyendas, sus edificios encantados y sus mágicos rincones sin hablar de "El soldado encantado"; un ejemplo del tipo de leyenda popular de una tierra que, aunque cristiana y europea, ha tenido siempre una fuerte relación con el mundo árabe, tan rico en tradiciones y cuentos, y los tesoros que aquí dejó cuando abandonó para siempre la España del siglo XV.

Narrado por un servidor, este cuento fue publicado a través del canal Globoviajero en Youtube y el blog "Por caminos y ciudades".

Aquí os lo dejo. Espero que lo disfrutéis...



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Historias de la atalaya: La historia de los tres hermanos

A lo lejos, más allá del riachuelo de aguas frescas y cristalinas, en una zona de altas hierbas, de matorral seco y olor a pena, se recorta la silueta de una casa vieja, oscura, medio derrumbada.
No es fácil de ver, pero ya la habías encontrado en uno de tus largos paseos por el valle, ahora sólo tienes que localizarla. Ahí está.

Parece sacada de un cuento de terror: solitaria, medio caída e invadida por la maleza, parece una triste versión de la mansión de los espíritus de la que habías oído hablar. Lo que hoy cubre la maleza fue en su día un huerto, recuerdo de un lejano tiempo de alegría y bonanza.

Quieres saber su historia, pero aún no es el momento. Con el sol en su cénit, el momento de las historias no ha llegado, aún no se siente el dulce aroma de las flores, de los miles de claveles y geranios que adornan las calles de la blanca atalaya; aún azota con fuerza la tierra el ardor del astro rey, aún silencia los ánimos de quienes trabajan el valle. Pero la tarde llegará. Y con ella las sillas de mimbre al fresco, el rasguido de guitarras que llorarán a la luna y enfrentarán historias al silencio de la oscura noche sobre el valle y su atalaya, sobre la atalaya y su valle.
Y cuando la noche caiga, por aquella casa podrás preguntar. Mira, la tarde cayendo está...

Aquella casa maldita,
aquella casa criminal.
La historia de tres hermanos
a cada cual más rufián.
 
Esta es la historia de un padre,
de una familia perdida,
y una casa que no se ha volver a pisar.

El vino calienta la garganta de un anciano con más letras que recuerdos. Y recuerdos guarda más de mil. Una guitarra acompaña el canto hondo, profundo, revelador de una historia que te estremece el corazón.

Tres hermanos eran,
tres hijos trajo Dios.
Tres hermanos mueran,
a los tres tenga Dios.
 
Enfermó el padre en casa.
Veinte años atrás,
la madre va en la caja.
Tres hermanos codiciosos
se reparten los despojos.
 
La casa es mía, grita el mayor.
Y el huerto mío, va el menor.
Y el resto pide el mediano,
mas con ello no se conformó.
 
Murió el bueno del hortelano
y a sus tres hijos dejó.
Tres hijos como bestias,
a cada cual más traidor.
 
Pensándolo mejor yo digo,
se acerca el mediano al menor,
que de los tres sobra el mayor
para un reparto mejor.
 
Y fue en la acequia grande
donde el cuerpo amaneció
teñido de sangre el pobre
y con dos golpes de hoz.
 
Lloráronle los traidores,
lloráronle los dos.
Y al volver a casa descubrieron
que era poca para dos.
 
La casa es mía, digo yo.
El huerto es mío, hermano menor.
Y sonaron golpes de hoz:
uno al otro en el cuello,
el otro al uno en el corazón.
 
La luna sale roja,
de sangre tiene color.
En la casa los hermanos
yacen heridos los dos.
 
Y al salir el sol por las montañas,
al salir el sol redentor,
llevan a dos en una caja
compartiendo habitación.
 
Esa casa huele a muerte;
ese huerto, mucho más.
Esa casa de envidia
nadie la puede pisar.

Se hace tarde. Mañana quieres acercarte al norte del valle, donde nace el río. Bebes lo que aún queda del vino y te retiras. Las guitarras siguen sonando en el frío de nocturno del valle. En tu mente da vueltas la historia de aquella casa y de los hermanos envidiosos que asesinaron y murieron por ella.

Tal vez explorarla no sea una buena idea, no conviene molestar a quienes reposan allí. Entras en casa y antes de cerrar la puerta, echas un vistazo al oscuro valle. Los reflejos de la luna sobre las aguas del río, y más allá se distingue un montículo, los restos de una casa vieja que no se han de volver a pisar.

Y al silencio reinante, sólo roto por el eco de la guitarra, susurras buenas noches. Y te marchas...

sábado, 10 de noviembre de 2012

Reescribiendo a Espronceda: La canción del pirata

 
 
Con diez cañones a babor
y otros tantos a estribor
como cuchillo no abre el vasto azul,
sino que sobre sus olas se eleva
un alado bajel pirata
temido aquí y allá
por su bravura en el ancho mar.
 
Platea en el mar la luna,
aúllan los vientos en la vela,
y capuza su casco el navío
en mar azul de blanca espuma.
Y el capitán al alzar su vista,
alegremente cantando,
ve dos continentes hermanos
y una ciudad de maravillas.
 
Surca el mar, mi navío,
sin temor alguno a enemigo,
que ni aquellos ni temporal
tu singladura pueden frenar
ni tu voluntad a amedrentar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
 
Dos decenas de britanos
en las bodegas presos van,
y a mis pies ocho decenas más
de naciones se han rendido.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Allá las ambiciosas coronas
envíen a sus vasallos a morir
por un par de acres, si no menos,
que cuanto yo quiero y poseo,
lo abarca mi vista al horizonte,
anárquico e indomable mar.
 
Costa no hay en esta tierra,
ni esplendoroso blasón o bandera,
que no de rienda a mi deseo
ni pecho a mi valor.
 
Al grito de terror
ante mi llegada aquí y allí,
se ha de ver cómo huyen
y aterrados se defienden,
pues soy un tirano de temer
cuando ataco con furia.
 
Cuando acaba la masacre
el botín se reparte
por igual entre los hombres,
que todo cuanto yo deseo
es la belleza del mar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Condenado a muerte estoy,
y rezo por la soga que siento al cuello
esperando que la fortuna no me deje y me abandone.
Y juro a mi ejecutor juzgar
y de un mástil colgar.
 
Mas si muero
¿qué importa?
Muerto yo nací
al mundo cuando, fiero,
contra el yugo me sacudí.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.
 
Himnos son los aquilones,
bramidos y clamor
de los vientos que sacuden
cables y cordajes.
Y el rugido de mis cañones
es el sonido de Dios.
 
Y del trueno, el viento y olor
a mar, salitre y libertad,
yo hago una nana dulce
y me entrego a los brazos del mar.
 
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad.
Mi ley la fuerza y el viento.
Mi única patria la mar.


 

martes, 6 de noviembre de 2012

Jardines y patios de Andalucía

Jardines. Jardines y patios de Andalucía. Floridas estampas de una tierra verde y seca, blanca, bajo el sol ardiente de España.

Geranios y claveles compiten por conquistarte, por colorear la blancura de tus paredes. Frescos y blancos jardines y patios de Andalucía. Desde Huelva a Almería dais muestra de la delicadeza de las gentes de esta tierra bendita, y en los meses de estío sois reclamo de naturales y foráneos, que ven en vosotros el Paraíso mismo.

Ya los impresionantes cordobeses, sin que atrás queden los sevillanos, hacen réplica a los cármenes y a la sombra de los granados.
Fuentes de agua fresca y cristalina que arrullan con sus rumores el alma fatigada, y embriagan con los sonidos del agua los sentidos de quienes, cansados y hastiados, buscan la paz que les niega una tierra descontenta.

Ya suben al asalto las hiedras, que todo lo cubren y quiebran, y ocultan bajo el verde de sus hojas el blanco de nuestra bandera. La vida se expande bella en los jardines y patios balncos de Andalucía.

Y como cantara otrora un poeta que en esta tierra descansa, de celosías y manises, de fina mampostería, se decoran los jardines. Arte y cerámica de esta tierra grande, verde y blanca, donde reinan los desiertos junto a sierras nevadas, y donde los valles y deltas tienen las peñas quebradas.



En el Palacio de los Cordova (Granada),
17/7/12.

sábado, 1 de septiembre de 2012

A las moscas


A vosotras, las familiares,
a vosotras el poeta os cantó;
tras la siesta, al sosiego
de la tarde os inmortalizó.

Vosotras, moscas vulgares,
tuvisteis grande honor.
Pues de todos los andaluces
os cantó el mejor.

Ahora, aquí y en casa
no puedo con vosotras,
flechas torpes y erradas;
de cuantas criaturas hay,
las más pesadas.

Saltar y revolotear
es de vuestros juegos el mejor;
sobre sus pechos y mis espaldas,
cansados de vosotras los dos.

No errara el gran poeta
ni en sus formas ni palabras,
Dios me libre de juzgarlo.
Pero vosotras, ¡pobres diablos!

Saetas negras del día,
dardos cansinos de la tarde,
a cantaros quién osaría
y a soportaros quién osare.

Y pese a todo, voladoras,
sucias trepadoras,
tenéis un toque de gracia,
vosotras las aladas.

De vosotras me despido
y larga vida no os deseo
ni la buena fama ganada
a vosotras, negras saetas aladas.

 
 
 
 

lunes, 13 de agosto de 2012

Lourdes, mi Lourdes...

Esta historia apareció en el antiguo blog Literatura en Volendam y está basada en una conversación radiofónica real que tuvo lugar el día 20 de enero de 2010 a las 1:50 de la madrugada aproximadamente.

Ese día, a esa hora, tuve la suerte de escuchar la historia más bella con la que me he encontrado en mi vida, y que provocó en mí una de las emociones más fuertes que jamás he sentido, hasta el punto de necesitar plasmarla por escrito en aquel mismo momento.

Aunque es una adaptación, los datos que aquí se dan son totalmente reales; sólo los nombres no lo son por respeto a la memoria y la dignidad de sus protagonistas. He tratado de expresar lo mejor que sé los sentimientos y emociones que desprendía aquella voz desesperada y nostálgica.

Desde aquí, y antes de presentar el texto, quiero mandar todo mi afecto al protagonista de esta historia y a su esposa, que en paz descanse.


“Recuerdo cuando conocí a mi esposa, Lourdes. Fue en el baile del pueblo, la noche brillaba plagada de estrellas, y el aire era más fresco que de costumbre.
Era una mujer espléndida. Desde el mismo momento en el que la vi, supe que estaba locamente enamorado.
Era esbelta, de 1’75 m., sus ojos se te clavaban como la luz de dos luceros en el alba, sus labios eran un paraíso en la tierra, y todo su cuerpo era la gloria de Dios encarnada. Ella tenía diecisiete años cuando la conocí, yo contaba veintiuno.

- ¡Anda, valiente!- me dijo uno de mis amigos- ¿A que no eres capaz de sacarla a bailar?
Y así como empezó todo, con una apuesta. Tenía miedo. Pensaba que ni siquiera me miraría, que alguien como ella no podría nunca fijarse en mí…era una diosa.
Pero lo hice, la saqué a bailar. Ella aceptó risueña mi mano, y ese mismo día supe que mi corazón sería siempre suyo; y su corazón, eternamente mío.

Cuatro años después, tras un feliz noviazgo en el que no faltaron las caricias y los besos furtivos, y las miradas de amor en las que nuestras almas se entrelazaban en un baile de mil maravillas, decidimos casarnos.

Ella caminaba hacia el altar, tan hermosa como siempre, y yo no podía creerme todavía la suerte que tenía porque Dios me había dado su obra más perfecta. La mujer más bella, inteligente y buena del mundo, iba a convertirse en mi esposa…iba a entregarse a mí como yo lo haría a ella.

Vivimos una vida plena, cada momento de la misma era la felicidad más pura. Nada podía vencernos, éramos los seres más felices del universo.
Al cabo del tiempo nació nuestro primer hijo, que a día de hoy tiene cincuenta años; después llegó nuestra hija, cuatro años menor; y finalmente, nuestro benjamín, que hoy ronda los cuarenta.

Educamos a nuestros hijos lo mejor que supimos. Nunca les faltó de nada, y nuestra familia creció en torno al amor y el fuego del hogar.
Cuando nuestros pequeños dejaron de serlo, Lourdes y yo nos encontramos solos; pero nos teníamos, como siempre, el uno al otro. Nada nos faltaba tampoco entonces.

Viajábamos mucho. Nos encantaba viajar. Recorrimos toda la geografía española, de norte a sur, de este a oeste. También visitamos otros países, los dos juntos…siempre juntos.
Recuerdo cómo nos gustaba ir a la costa, y ver el mar mientras comíamos, e imaginábamos la vida de los bañistas mientras vivíamos las nuestras, nuestra historia juntos.

Nuestra piel se arrugaba, nuestro pelo perdía el color de antaño, nuestras miradas se hundían poco a poco en el mar del tiempo, y nuestros corazones latían con menos fuerza; pero no parecía importar nada de eso porque estábamos el uno con el otro, apoyándonos mutuamente en todo momento…siempre juntos.

- Ponme de lo mejor- decía ella al tendero- que es para mi hombre.

Y yo siempre pensaba en mi mujer. La única persona que siempre ha estado a mi lado, que siempre me ha comprendido y a quien mejor he sabido comprender…Lourdes, mi mujer.

Hoy tengo ochenta y seis años. Hace ya seis que mi Lourdes me dejó para siempre; hace seis años que Dios me quitó la felicidad que me dio sesenta años antes, el mismo tiempo que estuvimos casados.

Ella se levantó y se acercó al espejo. Yo permanecí sentado… de repente, como si golpearan mi corazón, oí un golpe sordo y, al volverme, la vi tendida en el suelo… Lourdes.
Fuimos al hospital, donde la operaron de urgencia a causa de una hemorragia interna. Cuatro meses después, sin previo aviso, Dios decidió que era hora de arrancarme el corazón.

Aún hoy, por las noches, cuando está ya todo en calma, suelo extender el brazo hacia el lado de la cama donde ella solía acostarse. Ya no está; y a veces, en la oscuridad, cuando mis dedos no logran alcanzarla, yo la llamo, perdido entre las sombras y los recuerdos… ¡Lourdes, Lourdes!... y entonces sé que estaremos juntos siempre… eternamente enamorados.”



martes, 7 de agosto de 2012

El asesinato de la joven Anne (V): Kelly

Encantada de conocerlo, agente. Sí, yo soy Kelly Bouvière. Y no, ese no es mi verdadero nombre, pero no creo que eso tenga relación con el caso.

Pobre Anne. Me enteré de su muerte la misma madrugada en la que encontraron su cadáver flotando en el río. Todo el mundo hablaba de ello cuando llegué al pueblo desde la ciudad, donde trabajo en un local de alterne; pero supongo que ya lo sabrá, ¿no? Si está aquí es porque soy sospechosa de la muerte de mi amiga.

Recuerdo la noche que la pobrecilla llegó al albergue donde vivimos yo y Reynolds junto con los pocos desalmados que todavía se atreven a hospedarse aquí. Cuerpo menudo, ánimo fuerte, mirada cansada, un vestido veraniego de flores estampadas y más que desgastado por el uso, un par de maletas viejas, y ningún lugar al que ir.
Era muy joven. Tenía 20 años. Hubiera cumplido 21 en noviembre si algún canalla no se la hubiera llevado por delante. Era una chica muy dulce. Me recordó a mí misma cuando llegué aquí una fría y lluviosa noche de enero, hace ya ocho años.

Nos hicimos amigas bastante rápido; en tan solo un par de semanas ya éramos como hermanas. Supongo que Anne, que no tenía ya salvo a su primo Phillip, necesitaba de una mano amiga que le ofreciera un poco de ayuda. Y me alivia pensar que acudió a mí antes que a ese desgraciado de Reynolds, quien se habría aprovechado de ella como hizo conmigo ocho años atrás.
Entiéndame, yo tengo mucho que agradecer a ese hombre: me dio cobijo, comida y calor cuando más lo necesitaba, pero a veces me pregunto si el precio no fue demasiado alto; estoy atada a él y a este albergue como si fuese su señora, su esclava.

Recuerdo que Anne no llevaba más que para pagar la primera noche. Con eso bastó. Yo puse el resto. Yo ya casi no pago aquí, ya que me ocupo del albergue junto con Frank; así he ido ahorrando una suma importante de dinero y pensé que sería buena idea prestar algo a aquella pobrecilla que tanto parecía necesitarlo.
Alguna vez que otra Frank me preguntaba de dónde sacaba el dinero Anne. Creo que, en el fondo, esperaba verla necesitada para poder hacer tratos con ella. Esa es la trampa de ese viejo de Reynolds. Y ella lo tenía enamorado con sus graciosos gestos, su voz dulce y sus ojos vivos y brillantes como dos luceros. Su piel fina y blanca, su hermoso cabello lacio...era realmente hermosa; hubiera podido proporcionarle un puesto de trabajo donde bailo todas noches. Los clientes habrían perdido la cabeza por ella y habríamos ganado una fortuna por su cara bonita y su cuerpo menudo.

Ella siempre lo rechazó. Decía que quería dedicarse a otra cosa, que no quería vender su cuerpo. Supongo que tenía firmes principios y bastante valor, yo a su edad conocía cada rincón de mi cuerpo, y muchos hombres también los conocían...

Solía pasar las mañanas conmigo. Nos hacíamos compañía mutuamente hasta que encontró un trabajo como ayudante de la señora Dorothy Evans, un ángel al que se le debieron de caer las alas en alguna buena obra.

En fin, hasta aquí todo lo que le puedo contar, agente...

lunes, 30 de julio de 2012

En la habitación a oscuras

Caen las hojas marrones,
las verdes aún aguantan,
amarillas y rojas,
sobre los adoquines húmedos
de las calles mojadas.

En la oscuridad nocturna
del callejón intransitado
se dejan oír los pasos
de unas botas viejas
del color de la penumbra.

Cadencia lenta de pasos
en la noche oscura.
Cadencia lenta de abrazos
en la habitación a oscuras.

Más allá del frío,
lejos del callejón intransitado
por el que se dejan oír los pasos,
un corazón abraza a otro
del que responden los labios.

Y en el calor del hogar,
en una habitación a oscuras,
se dejan de oír los pasos
de unas botas viejas
por un callejón solitario.

Y mientras tanto caen las hojas
marrones, las verdes aún aguantan,
amarillas y rojas
sobre los adoquines húmedos
de las calles mojadas.



Granada, 8/7/12.

martes, 24 de julio de 2012

Cuentos del mundo: El zapatero y los duendes

Historias, cuentos, leyendas...la literatura es mucho más que la lucha interna del ser humano contra su destino, es mucho más que escribir para perdurar o para liberarse. Es el alma misma de los pueblos. Los pueblos que cuentan con sus propias historias, con sus propias leyendas, son los mismos que pueden presumir de sus raíces y depositan en ellas los valores que los mantendrán unidos en el futuro.

Hace algún tiempo comencé una serie titulada "Cuentos del mundo" a través del canal Globoviajero en Youtube. La misma , sí, que ya he anunciado en otros blogs.

En esta serie recopilo cuentos populares que traduzco o adapto para darlos a conocer. El primero es un cuento italiano más conocido por los hermanos Grimm: El zapatero y los duendes.

Aquí va, como el caballo de copas...



jueves, 19 de julio de 2012

El ángel de la sonrisa

Sigo rescatando para este blog los textos que publiqué hace ya tres años en Literatura en Volendam. Espero que un trienio después sigan gustando...

"El aroma de claveles y geranios te envuelve en el frescor de la noche de verano que ahora contemplas desde la pequeña plazoleta que da al valle. El silencio es absoluto. Sólo la eterna soledad hace compañía a las estrellas que te sonríen, cómplices, desde el oscuro cielo. El pequeño riachuelo del valle, corriendo incansable hasta un final sabido de antemano, refresca el ambiente para que los mismísimos ángeles bajen a descansar.

Tu corazón comienza a latir con más fuerza, el aroma de los claveles te impregna la lengua y te hace vibrar. Hay algo extraño en la noche, algo diferente, algo que te hace flotar e hincha tu alma hasta que duele.
Miras a tu alrededor, buscando una señal que no aparece. Estás inquieto porque tienes la certeza de que algo maravilloso ocurrirá esta noche. A tu izquierda y a tu derecha, las pequeñas casitas blancas se elevan suavemente con aire tranquilo...¿qué está ocurriendo esa noche?

Al fin alzas la mirada y, apoyada en el alféizar de la pequeña ventana, la más cercana a la luna, se encuentra la criatura más hermosa que has visto en tu vida: la mirada, perdida, se dirige al vacío, como inquiriendo algo al infinito; sus ojos negros y sus sonrisa perfecta te hielan la sangre, te elevan y te dejan caer de nuevo; el cuello largo desciende hasta sus hombros, cubiertos parcialmente por unos cabellos de azabache; su piel compite con la Señora de Plata, y los ángeles suspiran a sus pies.

Ella misma se asemeja a un ángel, al más puro y elegante de todos. Sí, definitivamente es un ser celestial, de los que elevan los cánticos para que la Humanidad perviva.
La miras sin querer apartar la mirada de su sonrisa. Tu alma se ensancha y se encoge a la velocidad de la luz, el amor no tiene piedad de nadie...¡Oh, pobre mortal!
Quieres acercarte, llamar su atención. Esperas unos segundos para ver si se fija en ti...nada...¿Por qué no mira?
Quieres abrazarla, besarla, adorarla hasta que el tiempo consuma tus huesos; incluso entonces, todo habrá merecido la pena.

Finalmente decides levantarte. Los dulces aromas siguen envolviéndote, haciendo más duro lo que viene a continuación.
Cuando te has levantado, das el primer paso de vuelta a la fría casa donde te espera la soledad más amarga, donde los minutos son pequeñas eternidades que te devoran como a Prometeo.
Das unos pasos mirándola todavía, después te vuelves con una lágrima corriendo por tu mejilla como el riachuelo del valle...ella es tu ángel, el mismo al que nunca conocerás".

sábado, 14 de julio de 2012

El entierro de Julián Retama

A muerto tañen las campanas;
alguien hoy nos dejó.
Parece que fue Julián Retama,
el anciano enterrador.

De un pueblo de mala muerte
fue del camposanto señor.
Siempre fiel a su puesto,
Julián Retama el enterrador.

En los bares decía el muy tunante,
decía, como digo, el muy bribón,
que en su trabajo lo enterrarían
y va primero en la procesión.

Dicen de los grandes artistas
que han de morir en los escenarios.
Julián Retama descansa
bajo el márol de sus lápidas.

Detrás de él va un par de amigos
y de sus primos, el menor.
Lo sigue el pueblo en tropel
cómo lo entierran a ver.

Hoy es otro el que trabaja
y el protagonista es aún él.
Quien va dentro de la caja,
a medio pueblo enterró él.

Y entre flores y rosarios
balbucean las viejas del barrio
por Julián Retama una oración.
Por Julián Retama el enterrador.

¡Qué Dios lo tenga en su Gloria!
dice el cura a los presentes.
¡Yo no me quiero morir!
piensan allí mismo las gentes.