Mostrando entradas con la etiqueta despedida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta despedida. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de septiembre de 2012

A las moscas


A vosotras, las familiares,
a vosotras el poeta os cantó;
tras la siesta, al sosiego
de la tarde os inmortalizó.

Vosotras, moscas vulgares,
tuvisteis grande honor.
Pues de todos los andaluces
os cantó el mejor.

Ahora, aquí y en casa
no puedo con vosotras,
flechas torpes y erradas;
de cuantas criaturas hay,
las más pesadas.

Saltar y revolotear
es de vuestros juegos el mejor;
sobre sus pechos y mis espaldas,
cansados de vosotras los dos.

No errara el gran poeta
ni en sus formas ni palabras,
Dios me libre de juzgarlo.
Pero vosotras, ¡pobres diablos!

Saetas negras del día,
dardos cansinos de la tarde,
a cantaros quién osaría
y a soportaros quién osare.

Y pese a todo, voladoras,
sucias trepadoras,
tenéis un toque de gracia,
vosotras las aladas.

De vosotras me despido
y larga vida no os deseo
ni la buena fama ganada
a vosotras, negras saetas aladas.

 
 
 
 

domingo, 29 de abril de 2012

Flotar...y alejarse volando

Entrada rescatada del antiguo blog Literatura en Volendam.

"Te elevas. Notas que tus pies se despegan del duro suelo y comienzas a sentir una extraña sensación de ligereza en todas y cada una de las extremidades de tu cuerpo.

Te elevas cada vez más, como un globo o una nube. Sientes que no puedes controlar tus movimientos, y dirigirte hacia aquel lugar que ves desde lo alto, sólo puedes elevarte, cada vez más y más…te alejas poco a poco del mundo de ahí abajo.

Tus pulmones van inflándose, llenándose de aire puro y fresco, y tú sigues elevándote en medio de una sensación extraña: no tienes miedo, aunque sabes que la altura es cada vez mayor y que una caída ahora sería un fatal contratiempo.

Miras tus pies, flotantes y extrañamente pesados; pero tu mirada va rápidamente al suelo, que se aleja de ti de manera inexorable…te elevas cada vez más y más.

A lo lejos distingues los campos y ciudades del mundo, tranquilos los unos, bulliciosas las otras. Entonces crees reconocer por un instante los rostros de algunos seres queridos que se despiden de ti agitando sus manos…mientras tanto, sigues ascendiendo.

El aire es cada vez menos abundante, y más puro. Un leve escalofrío recorre tu espalda antes de que una curiosa sensación de felicidad te invada por completo.
Son la paz y la tranquilidad que pueblan las alturas, que recorren silenciosas los techos del mundo, que reinan sobre los confines de la tierra, donde la vida es ya imposible porque es demasiado sincera.

Tus labios dibujan una sonrisa en tu cara, y se erige como la antesala de una explosión de risas contenidas desde hace mucho tiempo… ¡Dios, piensas, qué sensación tan grande!
No puedes dejar de reír, y vas alejándote cada vez más del mundo. Sientes que tu alma se expande, y ves el mundo como una inmensa canica lejana que algún infante risueño hace girar como un trompo.

Te alejas cada vez más…cierras los ojos mientras la sonrisa crece en tu interior y se propaga a tu rostro…te alejas…con un último suspiro, dejas atrás un horrible mundo…y te alejas para siempre".

lunes, 23 de abril de 2012

El combatiente

A los amigos del Programa de Mayores
de Cruz Roja Española.




Cada día era una nueva prueba, una lucha personal contra sí mismo y contra el tiempo que lo acechaba, que no le daba ni un minuto de tregua.
Sin embargo, no solo no le importa, sino que se mostraba orgulloso de seguir en pie un día más, pese a que la guerra se recrudecía y el enemigo avanzaba implacable.
A veces pensaba que de nada servía librar y ganar un nuevo combate en una lucha pírrica, perdida de antemano, y cruel; sobre todo, cruel. Pero en seguida miraba a su alrededor. Los rostros de quienes luchaban con él, de quienes estaban dispuestos a morir por él, y recobraba los ánimos, las ganas de seguir peleando hasta el final.

Cierto es que se sentía cansado. Su mente no era ya tan ágil, y su cuerpo lo era aún menos. El enemigo, omnisciente como era, trataba de valerse de aquella falta de agilidad, pero aquel soldado, después de tantos años sorteando peligros y esquivando balas, había aprendido a no dejarse matar.

En ocasiones le temblaban las manos, y no por miedo. Según él, se debía a que por las venas le corría el ritmo de la vida, y que su cuerpo no podía resistirse a bailarlo, quizás en un intento por escapar de los horrores de la guerra.

Sí, definitivamente, habían pasado demasiado año y ninguno de ellos en balde. Le costaba mucho reconocerse en los espejos. Ya no quedaba nada de aquel jovenzuelo que recorría las calles matando el tiempo o bebiéndose las mismas calles que pisaba con la fuerza de un titán.
Aún así, él se seguía sintiendo un chaval. Reía como el primer día, eso sí; aunque ahora había aprendido a reírse también de su suerte.

La mayoría de sus amigos habían caído ya. Los nuevos se habían ido incorporando sin cesar a la enorme y voraz máquina de matar que es la vida. A él no le quedaba ya demasiado, y lo sabía bien. Otro ocuparía su puesto dentro de poco tiempo, y quien lo hiciera, también tendría problemas para reconocerse después de tantos días en la trinchera.

La piel seca, las venas del rostro a flor de piel, los cabellos blancos y las manchas en cara y manos eran algunos de los síntomas del paso del tiempo, sus peculiares heridas de guerra. Aunque, qué duda cabía,las heridas más profundas las llevaba en la memoria. Penas y alegrías que acudían a visitarlo día y noche; especialmente las alegrías, sin las que la lucha habría sido imposible.
Y es que, a medida que pasaban los años, y habían pasado ya muchos, había ido olvidando los malos momentos. Al principio les concedía demasiada importancia, pero terminó por darse cuenta de lo contraproducente que aquel atesoramiento resultaba para el corazón, para el espíritu. Un auténtico polvorín, una bomba de relojería.

Es verdad que existían momentos imborrables, grabados a fuego en su memoria, incrustados en lo más profundo de su alma como los proyectiles de un fusilamiento en un inmaculado paredón. Y, en cierto modo, eso ocurría con aquellos malos recuerdos, que cada día lo fusilaban sin piedad y a cara descubierta.

Recordaba, por ejemplo, a su dulce esposa. Murió unos años atrás cubierta por esa gloria con la que se cubren las buenas personas al llegar el final. También recordaba a sus padres, a sus amigos...
A veces hablaba con ellos. Con todos. Ninguno le respondía, pero él sabía de sobra que lo escuchaban.

En fin, ya solo quedaba esperar entre recuerdos. Repeler los ataques del tiempo. Resistir valientemente los envites de la vida. Seguir siendo un niño para siempre...

lunes, 14 de noviembre de 2011

Noticia para el Día de Difuntos

Hola a todos:
Como sabéis, ya ha pasado la Noche de los Santos y los Difuntos, que viene celebrándose como Halloween en buena parte del mundo.
Estas noches son, como también sabéis, algo más que especiales. Hay quien las califica de mágicas, aunque con un tinte mucho más tétrico, mucho más macabro.
Existen numerosas historias que narran espeluznantes hechos acaecidos entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre. Historias que helarían la sangre de cualquiera, incluso de los más valientes.
Son historias que, ciertamente, inquietan, aterran y causan curiosidad a partes iguales. Las hay en todos los países y en todas las épocas. Son historias que enfrentan al ser humano con sus mayores temores, con su pasado, con su futuro… Historias propias de una noche en la que las ánimas de quienes nos dejan, cobran forma y nos traen mensajes de un mundo que nos aguarda irremediablemente. Italia no es una salvedad.
El otro día, mientras leía los periódicos, me topé con asombro con esta historia que he decidido traduciros para que podáis conocer los terroríficos hechos que tuvieron lugar en la ciudad de Roma. No pretendo alarmar a nadie. Mi única intención es reproducir la verdad; y sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas…

 
Roma, 2/11/2011
Mario Scupolli, Corriere della Sera.
¿Y CÓMO ESTÁ LA FAMILIA?
Sí, señores. La noticia de la que se hace eco hoy el Corriere della Sera es, cuanto menos, inusual y escalofriante, no apta para corazones delicados ni nervios sensibles.
Un servidor se ha desplazado hasta Via dei Prefetti, donde vive la familia de Claudio P., un joven estudiante de Psicología en la Sapienza de Roma, para desvelar el dolor desgarrador que sufren todos los miembros de la familia desde que, en vísperas de la festividad de los Santos, recibieron la más insólita de las noticias.
Todo comenzó en diciembre de 2010, cuando Pietro P., hermano menor de Claudio, dejó este mundo para siempre en un brutal accidente cuando viajaba de Nápoles a Catanzaro, donde se reuniría con su novia, estudiante de dicha ciudad. Desde entonces, la vida de la familia no ha sido la misma, y todos parecían haberse sumido en la peor de las angustias, especialmente el joven Claudio, a quien su hermano estaba bastante apegado.
Mas por sí, la noticia no tendría nada de escalofriante de no ser por lo sucedido en la mañana del 1 de noviembre de este año, cuando el joven Claudio decidió rencontrarse con una amiga ausente durante los últimos tres años.
La joven, que no ha querido que sus datos trascendieran a los medios, se citó con Claudio en Piazza Navona sin tener idea alguna de lo ocurrido un año antes en una vieja carretera secundaria al sur de Italia.
Así, según nos cuenta un destrozado Claudio, la joven dio los usuales dos besos y afirmó haber visto la tarde anterior al hermano fallecido. ¿Una broma de mal gusto? Todo indica que no.
Al parecer, la joven estaba bastante bien informada de la vida de Claudio y su familia ya que, según el propio Claudio, había mantenido una larga conversación la noche anterior con el ánima del difunto.
“Aseguró que vio a mi hermano algo extraño, como nervioso por una razón no llegaba a comprender […] Cuando le pregunté cómo vestía, me lo describió con la misma ropa con la que murió”. Entre sollozos, el joven nos explicó que su hermano había preguntado por el estado de la familia, especialmente por el de su “querido hermano, al que hacía días que no veía”. Según nos cuenta, a la joven le pareció una pregunta bastante extraña, por lo que optó por reír. En ese momento, nos dice, el supuesto espíritu del difunto arrancó en lágrimas y se fue corriendo.
Este diario ha tratado de entrevistar a la joven, pero ésta se ha negado tras afirmar que lamenta enormemente haber abierto las heridas de la familia, y asegura encontrarse muy asustada ahora que ha conocido la verdad”.
Esa fue la noticia. En ella había una fotografía de Claudio sosteniendo un retrato de su hermano menor, que no reproduzco aquí por respeto a la familia. Descanse en paz.

domingo, 20 de marzo de 2011

La barca

Admito que prefiero los senderos fríos y húmedos de la montaña a los templados y secos caminos que bordean las costas; sin embargo, este suceso tuvo lugar durante una de esas caminatas costeras.

La tarde había caído ya y la noche se le echaba encima, trayendo consigo la oscuridad y el frío propios de este rincón del país. El sol ya no ardía ni calentaba, no era más que un vestigio de lo que aquel día había traído al mundo. Todo estaba en calma. No quedaban apenas bañistas en aquella cala donde, según supe después, un extraño hombre con gabardina y sombrero había visto una sirena de la que quedó para siempre prendado. La brisa marina traía hasta mí el aroma inconfundible del salitre.

Aún quedaba un buen trecho por recorrer si quería llegar a tiempo a casa de un buen amigo que se había prestado a acogerme durante mi corta estancia en aquellas tierras. Pese a que la oscuridad se cernía sobre mi cabeza, decidí aminorar un poco la marcha con el fin de disfrutar de los últimos rayos de luz que cruzaban el mar hasta estrellarse con el pueblo.
La pequeña playa parecía una de esas postales vendidas en cualquier estanco o tienda de recuerdos a los turistas que pasan por allí. Todo parecía envuelto en un halo mágico, impregnado con una fragancia que endulzaba la mente y adormecía los sentidos. La escena parecía sacada de una bella pintura costumbrista.

A lo lejos, como arrastrada suavemente por las diminutas olas, una pequeña barca se acercaba a la orilla, muy cerca de donde yo me encontraba.
Se mecía con las olas, con ese vaivén hipnotizador que el mar imprime a cuanto arrastra. Pude distinguir, pese a la falta de luz, que había perdido buena parte de la pintura blanca que tuviera en otro tiempo. Sin duda, la sal marina había causado estragos en aquel bote como el tiempo en la mirada de los hombres.
En la proa llevaba una figura o imagen que no pude reconocer hasta poco después, cuando la barca arribó por fin a tierra firme. Solo entonces, digo, pude distinguir la forma de un corazón de madera, también desconchado por la sal y el sol, con un par de nombres en el centro.
A medida que el bote se aproximaba, mi curiosidad crecía. Qué podía traer aquel bote y quién sería el remero a bordo, fueron las preguntas que rondaron mi cabeza en un primer instante.

Cuando terminó la espera y llegó la barca donde me encontraba, descubrí que no había nada en su interior, ni siquiera remos que la impulsaran. La rodeé entonces para comprobar el estado en que se hallaba la embarcación, y descubrí que, efectivamente, poco tenía ya de lo que fuera en otro tiempo. Me acerqué a verificar que se trataba de un corazón lo que portaba en la proa y, de nuevo, no erré. Leí aquellos dos nombres o, mejor dicho, lo que quedaba de ellos.

Debió de ser una bonita historia de amor, pensé, a la que el mar había puesto fin. Tal vez ella esperó a su amante, pensé, y él no volvió jamás.
Entonces me dije que no hacía más que pasear por lugares comunes. Quizá la barca, simplemente, pensé, se perdió como consecuencia de un levante algo más fuerte de lo habitual. Tal vez, pensé, los dos amantes siguen hoy viviendo felices en una casita tan blanca como la nieve.

“Yo sé bien que él todavía me ama. Volverá a por mí y yo estaré aquí para recibirlo”. El viento traidor había desvelado la presencia de mi invisible acompañante. El miedo que sentí al oír aquellas palabras que nadie había pronunciado, me hizo volver al camino de vuelta a casa.
Ya nunca más supe del bote ni de voces de amantes que aún esperan a la causa de su penar.



sábado, 22 de enero de 2011

El barco de los sueños

Tras soltar amarras, el barco va alejándose poco a poco del puerto. Avanza despacito hacia la bocana, hacia un mar abierto y en calma que guarda miles de secretos, millones de historias…tantas como corazones lo han cruzado o se han hundido en el intento.

Las leyendas de viejos lobos de mar y de cientos de pescadores con el amanecer en la mirada, se confunden con la realidad de los que se adentran en el azul del océano, bajo la bóveda celeste del cielo, en busca de una vida mejor.

En tierra, sobre los espigones y a lo largo del paseo que recorre la playa, se agolpan los pañuelos y las lágrimas, que brotan de nuevo cada vez que el casco del barco hiende el agua. Los recuerdos de un tiempo mejor se hacen más vívidos a medida que las olas lamen el acero del buque y el espíritu de quienes se lanzan a lo desconocido.

Cuando no eras más que un infante, tú mismo acudías al puerto a ver zarpar aquellos gigantes metálicos, y soñabas con las miles de aventuras que les aguardarían allende los mares.
Tal vez se toparían con sanguinarios piratas, o viajarían por los mares del sur, y verían las ballenas de las que tanto oíste hablar a los viejos marineros que de vez en cuando descendían al puerto al arribar a él sus imponentes navíos. Tal vez recorrerían las costas atlánticas hasta llegar a los hielos perpetuos del norte, o conocerían sirenas cuando atravesaran las costas de Grecia y Turquía, donde habitaban también las oscuras parcas. Tal vez llegarían a tierras mágicas y de ensueño, donde el tiempo se detiene y los unicornios y los centauros compiten en magníficas carreras llenas de euforia y color, o tal vez accederían a los secretos mejor guardados del universo, y sus barcos se elevarían hasta la Luna o alcanzarían los confines del mundo, donde habitaban monstruos como nadie había conocido antes…tal vez tocarían las columnas en las que se sostienen los cielos.

Ahora, tú mismo conoces la sensación que embargaba tantos corazones. Sabes que no hay piratas ni sirenas, oscuras parcas ni tierras de ensueño donde unicornios y centauros compiten en magníficas carreras llenas de euforia y color; ni el barco se elevará hasta la Luna, ni alcanzarás los confines del mundo…

Ahora miras el puerto desde el barco. Los niños te sonríen pensando en las maravillosas aventuras que vas a vivir, las mujeres y maridos de quienes se apelotonan sobre la cubierta, contra la baranda, ríen y lloran a partes iguales porque saben que muchos no volverán o no serán los mismos cuando lo hagan; pero no quedaba más remedio que subir al barco que ahora corta las olas como el cuchillo la mantequilla…y los pañuelos al viento se confunden con las gaviotas, y éstas con las almas, cargadas de sentimientos y emociones, de quienes ven cómo el puerto se aleja cada vez más y a buen ritmo.
Ojalá vuelvan a encontrarse todos algún día, piensas, mientras recorres por última vez las miles de caras que se despiden del barco…

Abajo, en los camarotes esperan los fríos y duros camastros que harán las veces de hogares en la ciudad flotante, la que avanza con decisión contra las olas, contra la brisa marina cargada de salitre. En las bodegas, las ratas se disputarán el pan con los cientos de bocas hambrientas que hoy se echan al mar…que hoy se adentran en lo desconocido.

El billete a América, lo llaman, y se yerguen de orgullo cuando cuentan que consiguieron subir a uno de esos buques llenos de emigrantes, de golondrinas enjauladas que se adentran en los territorios de los titanes.
Por delante, hasta la tierra de la libertad y de las oportunidades, quedan aun miles de millas. Millas que muchos no recorrerán, millas que el barco come al mar en calma.

Puede que mañana sorprenda una tormenta, y después otra, y otra más…pero a ti no te importa…porque ningún pañuelo, ninguna lágrima, ninguna sonrisa te espera en ningún puerto; y el amanecer se clava en tu mirada, y la sal se pega a tu piel, y la soledad te muerde el corazón…porque ningún pañuelo, ninguna lágrima, ninguna sonrisa te espera en ningún puerto.