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domingo, 3 de junio de 2012

El asesinato de la joven Anne (IV): Frank Reynolds

No sé qué le habrán contado de mí, agente, pero yo no maté a aquella muchacha. Sí, es cierto que se alojó aquí a mediados de abril, poco después de que terminaran las lluvias, cuando el calor comenzó a apretar.

Llegó como una ola de aire fresco a este pueblo, agente, demasiado viejo. Llegó con un par de pequeñas maletas, bastante viejas, creo recordar. No creo que tuviera familia, de modo que aquellas maletas debieron de ser los restos de una herencia por parte de una abuela o un bisabuelo. Aunque hermosa como un ángel, era de aspecto pobre; un lucero, sí, pero algo dejada en su vestimenta usada y en su aspecto cansado.
La verdad es que yo no la conocí demasiado. Se limitaba a pagarme puntualmente y pasaba las primeras horas de la mañana encerrada con Kelly, una antigua inquilina del albergue; por las tardes salía a pasear. A finales de mes me anunció que ya no se hospedaría más aquí, con nosotros.
Fue un golpe duro, lo admito. Se resintieron el bolsillo y la vista, usted ya me entiende, agente. Pero aún me queda Kelly, y ella sabe bien que yo no maté a aquella chica. Yo no haría jamás daño a una mujer, por muy fría que fuera su actitud hacia mí; no señor, me gustan demasiado.
Como le digo, yo no supe jamás mucho sobre la joven. Cierto es que siempre me trató con respeto y jamás se retrasó en un pago. No sé cómo pudo costearse los dieciocho días que estuvo aquí, pues, como le dije, tenía aspecto pobre y sé bien que no trabajaba hasta que el 1 de mayo comenzó a trabajar en la heladería de esa arpía de Dorothy Evans. Me alegro de que su sobrina ande detrás de quitarle el negocio, espero que algún día lo consiga...
Y en cuanto a la chica, supongo que Kelly sabrá mejor que yo de dónde sacó el dinero.

Kelly se hospedó aquí una fría noche de enero. Creo recordar que fue hace ocho años. Ella tendría unos 22 años, no muchos más de los que tenía Anne cuando llamó a mi puerta. Kelly era una muerta de hambre. Pobre y calada hasta los huesos por la intensa lluvia que azotaba la región desde hacía un par de días.
Recuerdo cómo llegó. Era muy joven, sí; pero tenía ya el rostro marcado por el sufrimiento. Yo la acogí, aunque la primera semana no vi ni un pago. No obstante, ella estaba en posesión de otros recursos...y los sigue teniendo...ya me entiende usted. Recursos y experiencia. Yo vivo solo. La acogí, pese a que no tenía donde caer muerta.

Según me dijo en un par de ocasiones, se había fugado de casa unos meses antes. Por lo visto, su padre las maltrataba a ella y a su madre. Así fue como decidió recorrer el país en busca de una vida mejor.
Según me dijo, había trabajado en un par de locales antes de hospedarse conmigo; pero de todos la echaron porque la paga nunca le dio para vivir. Ahora trabaja en la ciudad, pero jamás ha consentido decirme el nombre del local, y yo, francamente, no estoy interesado. Si quiere hablar con ella, tendrá que hacerlo por la mañana o antes de las siete de la tarde.
En fin, de este modo ha vivido conmigo estos ocho años. Cuando puede, se encarga del albergue. Por supuesto, ella ya no es una clienta más: paga menos y es casi como de la familia; tenemos bastante confianza, aunque nunca soltó prenda sobre la joven Anne.
Creo que trataba de protegerla de mí, o quizá no quería perder su posición, usted ya me entiende, agente.
El caso es que yo no puedo decirle demasiado sobre la muerta. Salvo que siento su muerte...

Ahora que me acuerdo, agente, antes de irse Anne me dijo que se marchaba cerca de uno de los parques nuevos. Conozco al propietario de la casa, aquí todos nos conocemos. Se llama Harvey Bender. No es del pueblo. Vive y trabaja en la ciudad, como contable. Estuvo viniendo por aquí durante un tiempo, pero sus hijos se aburrían por aquí, de modo que pensó en alquilar la casa; eso me dijo una tarde mientras bebíamos unos vinos.
Y así lo hizo. Que yo recuerde, la casa pasó por, al menos, tres inquilinos diferentes. La última fue la muerta.

No recuerdo el nombre de los anteriores inquilinos ni he vuelto a saber nada del contable. Era un buen tipo, eso es cierto; algo nervioso y bastante agobiado por la familia; pero un buen tipo, a fin de cuentas.

En fin, agente, eso es todo lo que puedo decirle. Yo no la maté. Yo jamás haría daño a una mujer, por fría que sea conmigo. Me gustan demasiado...

viernes, 1 de junio de 2012

El asesinato de la joven Anne (III): Dorothy Evans

Bueno, verá usted, la joven Anne, que en paz descanse, llegó al pueblo a finales de abril y se hospedó en el albergue de Frank Reynolds hasta el mismo día 1 de mayo, cuando comenzó a trabajar en la heladería.
Yo sé poco de sus primeros pasos en el pueblo. Casi no salgo de mi heladería. Soy soltera, sabe usted; de modo que mi familia son los jovenzuelos que vienen a diario a comprarme los helados que con tanto esfuerzo hago.
Por supuesto, no siempre ha sido así. Antes, aunque no lo crea usted, yo era una joven lozana y fuerte, capaz de trabajar día y noche sin descanso para obtener los mejores helados de la zona. Está feo que lo diga, agente, pero mis helados y dulces gozan de la mejor fama en muchos kilómetros a la redonda. Vea, esta foto es de cuando era yo una moza...¡guapa, verdad?

Como le decía, la señorita Anne vino a verme a finales de abril para pedirme trabajo como ayudante en la heladería. Me pareció una chica muy guapa y bastante amable, justo el tipo de persona que debe estar al cargo de mi heladería. Me recordó bastante a mí cuando era joven. Aquí tiene otra foto; esa es de aquel verano en el que hizo tanto calor, un año magnífico para el negocio, como usted supondrá.
En fin, no dudé un instante en contratarla. A fin de cuentas, una ya no puede estar en todo ni rendir como antes; pero aquella joven se presentaba ahora como un soplo de aire fresco para el negocio, un soplo de vida en estos tiempos que corren.
Recuerdo que su sonrisa tierna me cautivó, y su mirada sincera y limpia parecían decirme que era ella la persona que tanto había estado esperando. Sí, señor, no dudé un instante en contratarla. Empezó a trabajar para mí el mismo día 1 del mes siguiente, pues el pueblo es caluroso y por esas fechas ya hay que empezar a hacer los helados en mayor cantidad, de modo que no tardó demasiado en incorporarse. Me sorprendió gratamente su habilidad para hacer helados, especialmente de alguien tan joven como ella y que no contaba con ninguna experiencia previa en este honrado y honroso oficio.

Era una chica muy responsable y laboriosa. Jamás faltó al trabajo o se quejó de él. Cierto es que me resultó bastante maleducado que me pidiera un adelanto de su sueldo el primer día, pero tenía sus razones, y eran muy buenas: quería alquilar su propia casa y no tener que vivir en el cochambroso albergue del señor Reynolds; y no la culpo, ese anciano no es más que un viejo verde, más temeroso de los indignados maridos que de Dios Todopoderoso, mejor observador de los gestos femeninos que de las Sagradas Escrituras; ese truhán la acosaría con sus impertinencias hasta cansar a la pobre chiquilla. Además, aquella chica tenía iniciativa. Me recordaba bastante a mí cuando tenía su misma edad...mire, esta foto es de una de las fiestas que organizamos las tardes de verano, encargaron una tarte enorme, la más grande que he hecho en mi vida.

En fin, como le decía, era una buena chica. Se llevaba bastante bien con los clientes, especialmente los de sexo masculino, que parecían adorarla. Hubo un tiempo en que a mí también me adoraron, pero eso ya pasó, claro está.
La señorita Anne siempre atendía como debía: con una enorme sonrisa en el rostro. Jamás se la escuchó discutir con nadie, al menos dentro del negocio. Su dulzura se comparaba a la de las madres, por eso el número de niños y niñas que venían a comprarnos helados creció considerablemente. No es que el pueblo sea rico en infantes, pero la presencia de la joven se notó bastante.
Sí señor, era un ricura de mujer. Es una lástima que ya no esté en este mundo. Con gusto le hubiera dejado la heladería tras mi muerte, pero Dios tiene sus propios planes y sus caminos son inescrutables.

Era una joya. Los clientes la adoraban, sin duda. Solía venir uno por aquí desde el mes de junio. Venía con frecuencia, casi a diario, hasta bien entrado el mes de septiembre.
Yo lo conocía porque era nieto del señor y la señora Feregarn, vecinos muy queridos en el pueblo. Ellos solían traer el gramófono que alegraba nuestras tardes de estío. Eran muy buena gente. Su hijo se casó en la ciudad y, aunque solían seguir viniedo por aquí en los veranos, el nieto dejó pronto de hacerlo. Supongo que el pueblo ya no era nada atractivo para él, que la verdadera movida, como dicen ahora los jóvenes, estaba en la gran ciudad a un par de horas a pie desde aquí, si uno marcha a buen ritmo.
Como le digo, aquel hombre solía venir por aquí, y al cabo de dos o tres semanas ya iban juntos de aquí para allá, siempre riendo y hablando. Él tendrá ahora unos 40 o 42 años, el doble de lo que tenía a pobre de Anne; pero parecían llevarse bastante bien, y jamás vi a la chica reír tan sinceramente como con él. Aunque no era el único amigo que tenía. También estaba esa joven que vive en el albergue de Reynolds...no recuerdo su nombre...

No sabría qué más decirle, agente, ahora mismo estoy algo ocupada y mi memoria no trabaja ya tan bien como antes. Solo puedo decir que me alegro del verano de la joven Anne. Al menos disfrutó los últimos meses de su vida...

lunes, 28 de mayo de 2012

El asesinato de la joven Anne (II)

Hola de nuevo, agente. Me alegra volver a verlo por aquí, aunque las circunstancias no sean muy de nuestro agrado. ¿Quiere una taza de té o de café mientras continúo con la historia de cómo conocí a la joven Anne?
¿Por dónde iba?...¡Ah, sí, ya recuerdo!...

Como le dije, la joven Anne trabajaba desde mayo en la heladería de la vieja Dorothy Evans. Hacía los mejores helados de sabores que habíamos probado en la vida. Nadie recordaba que el negocio gozara de tan buena salud desde aquel año, según contaban los más viejos, en el que trajeron el primer cinematógrafo al pueblo. Todo un acontecimiento, como podrá suponer.
El caso es que pocos días después de nuestro primer y fortuito encuentro, empecé a frecuentar la heladería para calmar el sofocante calor veraniego que se cebaba con el pueblo. También, mentiría si lo negara, lo hacía con la ilusión de encontrar a la joven que había cautivado mis ojos y mi corazón, como los de todos en la pequeña comunidad donde pretendía desconectar del mundo voraz y salvaje que era la ciudad durante todo el año.

Furtivas miradas y alguna sonrisa. Ese fue el primer contacto con la señorita Anne. Nada particular; todos en el pueblo hacían o habían hecho lo mismo alguna vez.
Como decía, durante la primera semana no me atrevía casi a hablar con ella. Su belleza y su voz eran tan delicadas que uno se sentía renacer cuando una de las dos te atravesaba los sentidos.
Finalmente, sin saber muy bien cómo, empezamos a hablar...

Al principio eran bobadas. Preguntas sin importancia y respuestas sin mucha sustancia. Fue entonces cuando supe que la joven no era de allí, que había nacido en un pueblo del sur del país, pero nunca me dijo el nombre. También supe que únicamente le quedaba un primo al que no veía desde hacía ocho años, y con el que solía cartearse antes de perder definitivamente el contacto con él. Tampoco mencionó el nombre de su primo.
Pese a que le encantaba hablar, era una chica reservada y celosa de su vida. Su halagüeno discurso jamás sobrepasó los límites del decoro y no era dada a contar sus penas pese a tenerlas, o eso creo yo, pues no hay nadie en este mundo a quien no le pese algo en el alma. Solo en alguna ocasión comentó cómo había tenido que luchar y trabajar sin descanso para no hundirse en la más absoluta miseria desde que sus padres murieran en un trágico accidente. Vivió una temporada con su tía, madre de aquel primo que le comentaba hace un momento, luego se marchó en busca de nuevos horizontes. Al menos, eso fue lo que ella me dijo; y jamás comentó mucho más. Su silencio la hacía, si cabe, aún más atractiva y misteriosa.

Tenía aspecto sincero, eso es verdad, y gustos bastante corrientes. Solíamos pasear a lo largo del río o ir al cine de vez en cuando. Sí que le gustaba bastante bailar y, como el pueblo es pequeño, las fiestas no faltaban cada semana. En el parque viejo se reunían los vecinos y escuchaban música, bailaban y se entrenían como en los viejos tiempos. Recuerdo que mis abuelos solían llevarme a aquellas reuniones, por llamarlas de algún modo, cuando no era más que un crío.
Mi abuelo era muy querido por todos, ya que él era el encargado de llevar el gramófono sin el que no hubieran podido sonar maravillas como las de Gardel o Carosone, que estuvo muy de moda por aquel entonces.

Bailaba mucho. Era una chica muy activa. A veces los más jóvenes se quedaban mirándonos cuando salíamos juntos a bailar. La deseaban, como los más mayores. Tuve suerte, supongo, de poder ser una especie de amigo durante aquellos tres meses, y maldigo la hora en la que tuve que volver a la ciudad.

Sí, se puede decir que a eso se reducían nuestras actividades: paseos a lo largo del río que vio también sus últimos momentos de vida, bailes en el parque viejo y, como fuera y donde fuera, interesantes conversaciones que nada tenían que ver con su pasado; aunque eran muy reveladoras de las aspiraciones de aquella preciosa joven, marchita ahora como cualquier otra rosa...

Según me contó una tarde de agosto, a medida que avanzábamos por la margen izquierda del río, su mayor sueño desde pequeña era ser bailarina. Y su cuerpo menudo recordaba bastante a una de esas jóvenes del Bolsoi. No sé si usted las ha visto alguna vez, agente...

viernes, 18 de mayo de 2012

El misterioso contacto (II)

- Hola una vez más, ¿cómo estás?
- Bien, gracias...matando el tiempo como siempre, sabes que mi vida es algo rutinaria. ¿Y tú?
- Pues...ya ves, justo ahora acabo de llegar del trabajo. Venía pensando en ti, lo admito...jajaja...me apetecía bastante hablar contigo.
- ¿En serio? ¡Vaya! Lo tomaré como un cumplido, eso significa que no te caigo mal del todo, ¿no?...jajaja
- No, nada mal.
- Bueno, ¿y qué te ocupaba la cabeza?
- Pues, verás...mmm...venía pensando en que, en realida, no sé mucho sobre ti. Nunca me has dicho de dónde eres ni qué edad tienes, desconozco tu estado civil y en qué trabajas...
...
¿Estás?
...
- Sí, perdona. Es solo que me sorprendió que, a estas alturas, me preguntes todo eso. Supongo que estás en tu derecho. A fin de cuentas, yo siempre he preguntado y obtenido respuestas.
¿Cómo te ha ido el día?
- ¡Oh, vamos ya! Yo pregunté en primer lugar, ¿no? No puedes escudarte siempre tras tu nick...
- Está bien, tú ganas... Me llamo (escribió su nombre en la pantalla), soy de un pueblo del sur, no sé si lo conoces, en la provincia de Huelva...bueno, no importa, es un lugar muy pequeño; cuando viví en él, solo tenía 137 habitantes.
- Entonces, ¿ya no vives en Huelva?...
- No. Ahora vivo en otro sitio...
-¿Dónde?
- Pues...¡qué más da! En otro sitio...
- ¿No me lo dirás?
- No sé.
- Está bien. ¿Y qué edad tienes? No quiero pensar que he estado hablando con alguien mucho menor o mayor que yo...jajajaja...aunque me caes bien.
- Tengo 17 años.
- ¡Anda ya! Pareces mucho mayor, no hablas como el resto del mundo. Me estás mintiendo...
- ¡No! Te juro que es cierto...
- mmmm...oye, ¿y a qué te dedicas?
- Recuerdo que me dedicaba a estudiar.
¿Recuerdas? ¿Te dedicabas?...jajajaja...cada día hablas de un modo más raro y enigmático...
- Sí, bueno...tengo que irme...
- ¿Ya? ¡Qué pronto! Con lo bien que lo estaba yo pasando ahora que empiezo a saber algo de ti.
- ¿Qué? ¿En serio no sabías nada de mí hasta ahora?¿No lees los periódicos?
- ¿Los periódicos?¿Acaso eres célebre?...jajajaja...dudo que un personaje célebre pase por estos mundos donde se compra y se vende hasta el dolor de muelas.
- Me voy...nunca me habían tratado con tanta falta de respeto...ni siquiera aquella vez...

Si hubiera mirado los diarios antes, si no hubiera malgastado sus horas frente a una pantalla vacía de vida, vacía de miradas, habría sabido mucho antes la noticia.
Aquella persona, fallecida a manos de uno de esos tipos que pervierten menores, llevaba más de veinte años de sala en sala, de chat en chat. Sombra de otro mundo en busca de falsos amigos...

domingo, 13 de mayo de 2012

"Tras mil veces no" de Isabel Arroyo

En todo este tiempo con vosotros me he dedicado únicamente a exponer mi trabajo. Hoy quisiera exponer el de otra persona, una autora novel como este humilde servidor.

Tuve la inmensa suerte de coincidir con ella en Granada, donde estudiaba periodismo tras haber dado sus primeros pasos en la Facultad de Traducción. Se llama Isabel Arroyo Sauces, andaluza de bandera, periodista y escritora.

Tras mil veces no es su primer libro en el mercado y, esperamos, no será el último. La historia narra las aventuras y desventuras de Alberto, un joven universitario que...bueno, creo que es mucho mejor que lo leáis vosotros mismos.
Yo ya me he decidido a comprarlo. ¿A qué esperáis vosotros? Tanto Isabel como yo os prometemos que no os defraudará.





Desde aquí quiero mandar un saludo a Isabel y mis mejores deseos para con su carrera periodística y escritora. ¡Sigue así!

miércoles, 9 de mayo de 2012

El misterioso contacto (I)

Pasaba las noches en completa soledad frente a aquella máquina sin la que el mundo exterior hubiera sido más una leyenda urbana que una realidad. Frente a su ordenador consumía las horas más preciadas de su vida, una vida que transcurría entre el rol, los canales y los portales de encuentros.

Recurría con frecuencia al uso de redes sociales y chats. Aquella era su única vía de comunicación con el mundo, pues la timidez y la falta de seguridad habían terminado por reducir su vida y sus relaciones a unas pocas teclas y a una pequeña pantalla.
No es que tuviera grandes conocimientos en informática, pero le bastaban para navegar en busca de nuevas sensaciones, de nuevas emociones que erizaran el vello de su cuerpo. No sabía distinguir muy bien entre software, hardware, puertos o conexiones, pero tenía la completa seguridad de que encontraría a su media naranja en la gigantesca red de redes, esa que estaba en boca de todos, esa a la que todos llamaban internet.

Todo comenzó como un juego. Una noche de aburrimiento, como otra cualquiera, con muchas horas por delante y pocas amistades con las que disfrutarlas.
Nunca llegó a entender del todo lo que ocurrió a partir de aquella primera vez. En la red podía encontrar cuanto quisiera, a quien quisiera, de un modo rápido y sencillo. Jamás hubiera imaginado que podía abandonar una vida para adquirir otra en la que podía ser cuanto siempre había querido ser. Lo cierto es cada vez que se conectaba a aquel prodigio de la tecnología, se sentía mucho mejor.

Así fue como empezó a construirse un mundo cada vez más virtual, menos real, pero también más cómodo y con el que sentía con más vida que nunca. A las pocas semanas mantuvo su primera conversación en uno de esos portales de encuentro donde otras personas, sin importar su estado civil, su condición social, su edad o sus intereses, compartían vidas tan miserables y tristes como la suya propia.

Aquella persona, aquel "contacto", como solían llamarlo en ese mundo irreal en el que todo era perfecto, pronto demostró ser alguien de valía. No era como aquellos internautas que navegaban durante horas en busca de aventuras fuertes con las que jactarse después, de vuelta en sus particulares yolcos.
Poco a poco fueron cogiendo confianza. Pasaban horas charlando; las tardes se convertían en noches, y éstas, en días. Chateaban y hablaban de cualquier cosa, desde nimiedades hasta problemas de todo tipo; y en cualquier momento, en cualquier situación, allí estaban el uno para el otro.

Una conversación dio lugar a otra. Y se sucedían sin descanso cada día. Y aunque la confianza entre ellos crecía, aquel contacto parecía negarse a revelar un secreto que lo consumía por dentro. Algo había en su escritura que aquellas frases incompletas, aquellas respuestas entrecortadas y tajantes al otro lado de la pequeña pantalla, no dejaban ver claramente.

Desde su más tierna infancia sus padres le habían dicho que la curiosidad mató al gato, pero jamá había encontrado la oportunidad de comprobar la veracidad de aquel dicho. De este modo, aquella noche se produjo la siguiente conversación...

domingo, 20 de marzo de 2011

La barca

Admito que prefiero los senderos fríos y húmedos de la montaña a los templados y secos caminos que bordean las costas; sin embargo, este suceso tuvo lugar durante una de esas caminatas costeras.

La tarde había caído ya y la noche se le echaba encima, trayendo consigo la oscuridad y el frío propios de este rincón del país. El sol ya no ardía ni calentaba, no era más que un vestigio de lo que aquel día había traído al mundo. Todo estaba en calma. No quedaban apenas bañistas en aquella cala donde, según supe después, un extraño hombre con gabardina y sombrero había visto una sirena de la que quedó para siempre prendado. La brisa marina traía hasta mí el aroma inconfundible del salitre.

Aún quedaba un buen trecho por recorrer si quería llegar a tiempo a casa de un buen amigo que se había prestado a acogerme durante mi corta estancia en aquellas tierras. Pese a que la oscuridad se cernía sobre mi cabeza, decidí aminorar un poco la marcha con el fin de disfrutar de los últimos rayos de luz que cruzaban el mar hasta estrellarse con el pueblo.
La pequeña playa parecía una de esas postales vendidas en cualquier estanco o tienda de recuerdos a los turistas que pasan por allí. Todo parecía envuelto en un halo mágico, impregnado con una fragancia que endulzaba la mente y adormecía los sentidos. La escena parecía sacada de una bella pintura costumbrista.

A lo lejos, como arrastrada suavemente por las diminutas olas, una pequeña barca se acercaba a la orilla, muy cerca de donde yo me encontraba.
Se mecía con las olas, con ese vaivén hipnotizador que el mar imprime a cuanto arrastra. Pude distinguir, pese a la falta de luz, que había perdido buena parte de la pintura blanca que tuviera en otro tiempo. Sin duda, la sal marina había causado estragos en aquel bote como el tiempo en la mirada de los hombres.
En la proa llevaba una figura o imagen que no pude reconocer hasta poco después, cuando la barca arribó por fin a tierra firme. Solo entonces, digo, pude distinguir la forma de un corazón de madera, también desconchado por la sal y el sol, con un par de nombres en el centro.
A medida que el bote se aproximaba, mi curiosidad crecía. Qué podía traer aquel bote y quién sería el remero a bordo, fueron las preguntas que rondaron mi cabeza en un primer instante.

Cuando terminó la espera y llegó la barca donde me encontraba, descubrí que no había nada en su interior, ni siquiera remos que la impulsaran. La rodeé entonces para comprobar el estado en que se hallaba la embarcación, y descubrí que, efectivamente, poco tenía ya de lo que fuera en otro tiempo. Me acerqué a verificar que se trataba de un corazón lo que portaba en la proa y, de nuevo, no erré. Leí aquellos dos nombres o, mejor dicho, lo que quedaba de ellos.

Debió de ser una bonita historia de amor, pensé, a la que el mar había puesto fin. Tal vez ella esperó a su amante, pensé, y él no volvió jamás.
Entonces me dije que no hacía más que pasear por lugares comunes. Quizá la barca, simplemente, pensé, se perdió como consecuencia de un levante algo más fuerte de lo habitual. Tal vez, pensé, los dos amantes siguen hoy viviendo felices en una casita tan blanca como la nieve.

“Yo sé bien que él todavía me ama. Volverá a por mí y yo estaré aquí para recibirlo”. El viento traidor había desvelado la presencia de mi invisible acompañante. El miedo que sentí al oír aquellas palabras que nadie había pronunciado, me hizo volver al camino de vuelta a casa.
Ya nunca más supe del bote ni de voces de amantes que aún esperan a la causa de su penar.



sábado, 5 de febrero de 2011

Él y ella

¡Cuán efímero es el amor! Tanto como el corazón de los amantes, yacentes bajo la húmeda y fría tierra para toda una eternidad, sin importar lo que dure.
¡Cuán extraño puede ser el comportamiento de los amantes! Tan cambiante como una veleta, tan sin sentido unas veces y otras tan impresionante.

Cuando se conocieron no existían para ellos ni las miradas furtivas, cómplices, ni los gestos de cariño; no existían para ellos las caricias, que ahora son capaces de estremecer sus cuerpos, ni las constantes luchas contra el tiempo; no existía el auténtico dolor de saberse efímeros, ni la presencia casi imperturbable de los celos.

Se amaban tanto que apenas sí tenían tiempo el uno para el otro, y pasaban las horas muertas haciendo planes de futuro más que viviendo el presente. Ella lo amaba, él la amaba, todo era perfecto en su mundo de mil colores, fuera de ese otro mundo entre gris y pardo viejo casi sepia.

¡Todo era perfecto! Pero, como siempre, ha de sobrevenir la tragedia a la vida banal de los mortales, a la vida banal de los amantes. El momento trágico llegó con el alba, con un reloj que marca las siete de la mañana, con los primeros rayos de luz que se filtran por las ventanas de una habitación hasta entonces a oscuras.

El reloj, ese enemigo implacable que mide el tiempo que nos queda, marca la hora en la que los amantes van a despedirse para siempre. Después de eso, el amante se despierta. Al despertar observa que su amada no está con él, que ha partido a ningún sitio, que está en todos los sitios menos en aquel.

Todo ha sido un sueño, un magnífico sueño al que el reloj ha decidido poner fin. Cuando el joven se levanta, se viste, y sale a la calle con la misma pesadumbre que llevan los muertos, se detiene frente al escaparate de una panadería…la necesita, ella es el alimento de su corazón.

La ve al fondo del local y el tiempo se detiene por unos segundos. Ella paga y se va. Por el camino, ni una mirada furtiva, cómplice; ni un gesto de cariño; ni una caricia; ni una lucha contra el tiempo; ni un saberse efímeros…sólo la presencia imperturbable de los celos y la desesperación que mata el alma.

Él aprieta los puños. Ella no hace caso. Él se siente morir. Ella no hace caso. Él la ama sin que ella lo sepa. Ella no hace caso. Él se odia a sí mismo por dejarla escapar sin un mísero saludo. Ella no hace caso. Él suspira tan fuerte que el viento se detiene impresionado. Ella ya se ha ido sin hacer caso.

Un día se encontrarán de nuevo, él no la habrá olvidado, ella nunca sabrá que él existe…