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domingo, 3 de junio de 2012

El asesinato de la joven Anne (IV): Frank Reynolds

No sé qué le habrán contado de mí, agente, pero yo no maté a aquella muchacha. Sí, es cierto que se alojó aquí a mediados de abril, poco después de que terminaran las lluvias, cuando el calor comenzó a apretar.

Llegó como una ola de aire fresco a este pueblo, agente, demasiado viejo. Llegó con un par de pequeñas maletas, bastante viejas, creo recordar. No creo que tuviera familia, de modo que aquellas maletas debieron de ser los restos de una herencia por parte de una abuela o un bisabuelo. Aunque hermosa como un ángel, era de aspecto pobre; un lucero, sí, pero algo dejada en su vestimenta usada y en su aspecto cansado.
La verdad es que yo no la conocí demasiado. Se limitaba a pagarme puntualmente y pasaba las primeras horas de la mañana encerrada con Kelly, una antigua inquilina del albergue; por las tardes salía a pasear. A finales de mes me anunció que ya no se hospedaría más aquí, con nosotros.
Fue un golpe duro, lo admito. Se resintieron el bolsillo y la vista, usted ya me entiende, agente. Pero aún me queda Kelly, y ella sabe bien que yo no maté a aquella chica. Yo no haría jamás daño a una mujer, por muy fría que fuera su actitud hacia mí; no señor, me gustan demasiado.
Como le digo, yo no supe jamás mucho sobre la joven. Cierto es que siempre me trató con respeto y jamás se retrasó en un pago. No sé cómo pudo costearse los dieciocho días que estuvo aquí, pues, como le dije, tenía aspecto pobre y sé bien que no trabajaba hasta que el 1 de mayo comenzó a trabajar en la heladería de esa arpía de Dorothy Evans. Me alegro de que su sobrina ande detrás de quitarle el negocio, espero que algún día lo consiga...
Y en cuanto a la chica, supongo que Kelly sabrá mejor que yo de dónde sacó el dinero.

Kelly se hospedó aquí una fría noche de enero. Creo recordar que fue hace ocho años. Ella tendría unos 22 años, no muchos más de los que tenía Anne cuando llamó a mi puerta. Kelly era una muerta de hambre. Pobre y calada hasta los huesos por la intensa lluvia que azotaba la región desde hacía un par de días.
Recuerdo cómo llegó. Era muy joven, sí; pero tenía ya el rostro marcado por el sufrimiento. Yo la acogí, aunque la primera semana no vi ni un pago. No obstante, ella estaba en posesión de otros recursos...y los sigue teniendo...ya me entiende usted. Recursos y experiencia. Yo vivo solo. La acogí, pese a que no tenía donde caer muerta.

Según me dijo en un par de ocasiones, se había fugado de casa unos meses antes. Por lo visto, su padre las maltrataba a ella y a su madre. Así fue como decidió recorrer el país en busca de una vida mejor.
Según me dijo, había trabajado en un par de locales antes de hospedarse conmigo; pero de todos la echaron porque la paga nunca le dio para vivir. Ahora trabaja en la ciudad, pero jamás ha consentido decirme el nombre del local, y yo, francamente, no estoy interesado. Si quiere hablar con ella, tendrá que hacerlo por la mañana o antes de las siete de la tarde.
En fin, de este modo ha vivido conmigo estos ocho años. Cuando puede, se encarga del albergue. Por supuesto, ella ya no es una clienta más: paga menos y es casi como de la familia; tenemos bastante confianza, aunque nunca soltó prenda sobre la joven Anne.
Creo que trataba de protegerla de mí, o quizá no quería perder su posición, usted ya me entiende, agente.
El caso es que yo no puedo decirle demasiado sobre la muerta. Salvo que siento su muerte...

Ahora que me acuerdo, agente, antes de irse Anne me dijo que se marchaba cerca de uno de los parques nuevos. Conozco al propietario de la casa, aquí todos nos conocemos. Se llama Harvey Bender. No es del pueblo. Vive y trabaja en la ciudad, como contable. Estuvo viniendo por aquí durante un tiempo, pero sus hijos se aburrían por aquí, de modo que pensó en alquilar la casa; eso me dijo una tarde mientras bebíamos unos vinos.
Y así lo hizo. Que yo recuerde, la casa pasó por, al menos, tres inquilinos diferentes. La última fue la muerta.

No recuerdo el nombre de los anteriores inquilinos ni he vuelto a saber nada del contable. Era un buen tipo, eso es cierto; algo nervioso y bastante agobiado por la familia; pero un buen tipo, a fin de cuentas.

En fin, agente, eso es todo lo que puedo decirle. Yo no la maté. Yo jamás haría daño a una mujer, por fría que sea conmigo. Me gustan demasiado...

viernes, 1 de junio de 2012

El asesinato de la joven Anne (III): Dorothy Evans

Bueno, verá usted, la joven Anne, que en paz descanse, llegó al pueblo a finales de abril y se hospedó en el albergue de Frank Reynolds hasta el mismo día 1 de mayo, cuando comenzó a trabajar en la heladería.
Yo sé poco de sus primeros pasos en el pueblo. Casi no salgo de mi heladería. Soy soltera, sabe usted; de modo que mi familia son los jovenzuelos que vienen a diario a comprarme los helados que con tanto esfuerzo hago.
Por supuesto, no siempre ha sido así. Antes, aunque no lo crea usted, yo era una joven lozana y fuerte, capaz de trabajar día y noche sin descanso para obtener los mejores helados de la zona. Está feo que lo diga, agente, pero mis helados y dulces gozan de la mejor fama en muchos kilómetros a la redonda. Vea, esta foto es de cuando era yo una moza...¡guapa, verdad?

Como le decía, la señorita Anne vino a verme a finales de abril para pedirme trabajo como ayudante en la heladería. Me pareció una chica muy guapa y bastante amable, justo el tipo de persona que debe estar al cargo de mi heladería. Me recordó bastante a mí cuando era joven. Aquí tiene otra foto; esa es de aquel verano en el que hizo tanto calor, un año magnífico para el negocio, como usted supondrá.
En fin, no dudé un instante en contratarla. A fin de cuentas, una ya no puede estar en todo ni rendir como antes; pero aquella joven se presentaba ahora como un soplo de aire fresco para el negocio, un soplo de vida en estos tiempos que corren.
Recuerdo que su sonrisa tierna me cautivó, y su mirada sincera y limpia parecían decirme que era ella la persona que tanto había estado esperando. Sí, señor, no dudé un instante en contratarla. Empezó a trabajar para mí el mismo día 1 del mes siguiente, pues el pueblo es caluroso y por esas fechas ya hay que empezar a hacer los helados en mayor cantidad, de modo que no tardó demasiado en incorporarse. Me sorprendió gratamente su habilidad para hacer helados, especialmente de alguien tan joven como ella y que no contaba con ninguna experiencia previa en este honrado y honroso oficio.

Era una chica muy responsable y laboriosa. Jamás faltó al trabajo o se quejó de él. Cierto es que me resultó bastante maleducado que me pidiera un adelanto de su sueldo el primer día, pero tenía sus razones, y eran muy buenas: quería alquilar su propia casa y no tener que vivir en el cochambroso albergue del señor Reynolds; y no la culpo, ese anciano no es más que un viejo verde, más temeroso de los indignados maridos que de Dios Todopoderoso, mejor observador de los gestos femeninos que de las Sagradas Escrituras; ese truhán la acosaría con sus impertinencias hasta cansar a la pobre chiquilla. Además, aquella chica tenía iniciativa. Me recordaba bastante a mí cuando tenía su misma edad...mire, esta foto es de una de las fiestas que organizamos las tardes de verano, encargaron una tarte enorme, la más grande que he hecho en mi vida.

En fin, como le decía, era una buena chica. Se llevaba bastante bien con los clientes, especialmente los de sexo masculino, que parecían adorarla. Hubo un tiempo en que a mí también me adoraron, pero eso ya pasó, claro está.
La señorita Anne siempre atendía como debía: con una enorme sonrisa en el rostro. Jamás se la escuchó discutir con nadie, al menos dentro del negocio. Su dulzura se comparaba a la de las madres, por eso el número de niños y niñas que venían a comprarnos helados creció considerablemente. No es que el pueblo sea rico en infantes, pero la presencia de la joven se notó bastante.
Sí señor, era un ricura de mujer. Es una lástima que ya no esté en este mundo. Con gusto le hubiera dejado la heladería tras mi muerte, pero Dios tiene sus propios planes y sus caminos son inescrutables.

Era una joya. Los clientes la adoraban, sin duda. Solía venir uno por aquí desde el mes de junio. Venía con frecuencia, casi a diario, hasta bien entrado el mes de septiembre.
Yo lo conocía porque era nieto del señor y la señora Feregarn, vecinos muy queridos en el pueblo. Ellos solían traer el gramófono que alegraba nuestras tardes de estío. Eran muy buena gente. Su hijo se casó en la ciudad y, aunque solían seguir viniedo por aquí en los veranos, el nieto dejó pronto de hacerlo. Supongo que el pueblo ya no era nada atractivo para él, que la verdadera movida, como dicen ahora los jóvenes, estaba en la gran ciudad a un par de horas a pie desde aquí, si uno marcha a buen ritmo.
Como le digo, aquel hombre solía venir por aquí, y al cabo de dos o tres semanas ya iban juntos de aquí para allá, siempre riendo y hablando. Él tendrá ahora unos 40 o 42 años, el doble de lo que tenía a pobre de Anne; pero parecían llevarse bastante bien, y jamás vi a la chica reír tan sinceramente como con él. Aunque no era el único amigo que tenía. También estaba esa joven que vive en el albergue de Reynolds...no recuerdo su nombre...

No sabría qué más decirle, agente, ahora mismo estoy algo ocupada y mi memoria no trabaja ya tan bien como antes. Solo puedo decir que me alegro del verano de la joven Anne. Al menos disfrutó los últimos meses de su vida...

lunes, 28 de mayo de 2012

El asesinato de la joven Anne (II)

Hola de nuevo, agente. Me alegra volver a verlo por aquí, aunque las circunstancias no sean muy de nuestro agrado. ¿Quiere una taza de té o de café mientras continúo con la historia de cómo conocí a la joven Anne?
¿Por dónde iba?...¡Ah, sí, ya recuerdo!...

Como le dije, la joven Anne trabajaba desde mayo en la heladería de la vieja Dorothy Evans. Hacía los mejores helados de sabores que habíamos probado en la vida. Nadie recordaba que el negocio gozara de tan buena salud desde aquel año, según contaban los más viejos, en el que trajeron el primer cinematógrafo al pueblo. Todo un acontecimiento, como podrá suponer.
El caso es que pocos días después de nuestro primer y fortuito encuentro, empecé a frecuentar la heladería para calmar el sofocante calor veraniego que se cebaba con el pueblo. También, mentiría si lo negara, lo hacía con la ilusión de encontrar a la joven que había cautivado mis ojos y mi corazón, como los de todos en la pequeña comunidad donde pretendía desconectar del mundo voraz y salvaje que era la ciudad durante todo el año.

Furtivas miradas y alguna sonrisa. Ese fue el primer contacto con la señorita Anne. Nada particular; todos en el pueblo hacían o habían hecho lo mismo alguna vez.
Como decía, durante la primera semana no me atrevía casi a hablar con ella. Su belleza y su voz eran tan delicadas que uno se sentía renacer cuando una de las dos te atravesaba los sentidos.
Finalmente, sin saber muy bien cómo, empezamos a hablar...

Al principio eran bobadas. Preguntas sin importancia y respuestas sin mucha sustancia. Fue entonces cuando supe que la joven no era de allí, que había nacido en un pueblo del sur del país, pero nunca me dijo el nombre. También supe que únicamente le quedaba un primo al que no veía desde hacía ocho años, y con el que solía cartearse antes de perder definitivamente el contacto con él. Tampoco mencionó el nombre de su primo.
Pese a que le encantaba hablar, era una chica reservada y celosa de su vida. Su halagüeno discurso jamás sobrepasó los límites del decoro y no era dada a contar sus penas pese a tenerlas, o eso creo yo, pues no hay nadie en este mundo a quien no le pese algo en el alma. Solo en alguna ocasión comentó cómo había tenido que luchar y trabajar sin descanso para no hundirse en la más absoluta miseria desde que sus padres murieran en un trágico accidente. Vivió una temporada con su tía, madre de aquel primo que le comentaba hace un momento, luego se marchó en busca de nuevos horizontes. Al menos, eso fue lo que ella me dijo; y jamás comentó mucho más. Su silencio la hacía, si cabe, aún más atractiva y misteriosa.

Tenía aspecto sincero, eso es verdad, y gustos bastante corrientes. Solíamos pasear a lo largo del río o ir al cine de vez en cuando. Sí que le gustaba bastante bailar y, como el pueblo es pequeño, las fiestas no faltaban cada semana. En el parque viejo se reunían los vecinos y escuchaban música, bailaban y se entrenían como en los viejos tiempos. Recuerdo que mis abuelos solían llevarme a aquellas reuniones, por llamarlas de algún modo, cuando no era más que un crío.
Mi abuelo era muy querido por todos, ya que él era el encargado de llevar el gramófono sin el que no hubieran podido sonar maravillas como las de Gardel o Carosone, que estuvo muy de moda por aquel entonces.

Bailaba mucho. Era una chica muy activa. A veces los más jóvenes se quedaban mirándonos cuando salíamos juntos a bailar. La deseaban, como los más mayores. Tuve suerte, supongo, de poder ser una especie de amigo durante aquellos tres meses, y maldigo la hora en la que tuve que volver a la ciudad.

Sí, se puede decir que a eso se reducían nuestras actividades: paseos a lo largo del río que vio también sus últimos momentos de vida, bailes en el parque viejo y, como fuera y donde fuera, interesantes conversaciones que nada tenían que ver con su pasado; aunque eran muy reveladoras de las aspiraciones de aquella preciosa joven, marchita ahora como cualquier otra rosa...

Según me contó una tarde de agosto, a medida que avanzábamos por la margen izquierda del río, su mayor sueño desde pequeña era ser bailarina. Y su cuerpo menudo recordaba bastante a una de esas jóvenes del Bolsoi. No sé si usted las ha visto alguna vez, agente...

domingo, 20 de mayo de 2012

El asesinato de la joven Anne (I)

A mis tíos Víctor y Mayte.



Nadie esperaba aquella noticia. Quién iba a suponer que la joven Anne, bella y dulce como un ángel podía acabar arrastrada por la corriente, río abajo, muerta.
Aún recuerdo cuando la conocí. Recuerdo perfectamente aquel verano, porque muchas cosas debían cambiar. Ella era un ángel, sabe usted. Nada hubiera sido lo mismo sin ella, agente...

Tenía que volver a aquel pueblo donde solía veranear con mis padres y abuelos en mi infancia. Yo vivo y trabajo en la ciudad, esa jungla de asfalto que te va consumiendo hasta que dejas de ser persona, hasta que te vuelves una máquina.
Por eso decidí que tenía que volver. Tal vez el contacto con mi niñez devolviera algo de aire a mis pulmones, a mi vida. Necesitaba hacerlo.

Recuerdo sin asombro que muchas cosas habían cambiado desde la última vez que estuve, hacía ya más de cuarenta años. Habían abierto dos nuevos parques y otras casas ocultaban parte de la vista que teníamos de las montañas al cruzar el río por las tierras del señor Clancy. Faltaban caras. Quizá eso fuera lo peor, en lo que más había cambiado. Ya no podías ver las caras sonrientes de tu infancia ni esuchar las voces de los vecinos.
Pero en esencia nada había cambiado. Todo permanecía como siempre había estado: los olores, los colores, todo. Los vestidos de la abuela mantenían aún el peculiar aroma de su colonia. El gramófono del abuelo aún parecía tener gans de sonar como antaño. Solo el reloj había dejado de marcar la hora para señalar eternamente el minuto exacto en el que murió mi abuelo.
Podría haberle dado cuerda, sí; pero pensé que era mejor así: parado para siempre...

Hacía calor ese mes. Junio estaba siendo terriblemente caluroso, pero los breves paseos por el pueblo ayudaban a calmar la sensación de sofoco. Fue en uno de esos paseos cuando vi por primera vez a Anne. Recuerdo que la luz aquel día era distinta. Más espesa, diría, como en una de esas películas de la década de 1960.
Ella no era una mujer corriente. Su rostro era dulce como el de un ángel, y sus ojos eran grandes y llenos de luz y de vida. Sus labios, finos y rojos, cautivaban cuando sonreía y dejaban ver unos dientes perfectos, inmaculados. Su piel era fina y pálida; suave. Su pelo oscuro, tocado con aquella cofia a franjas blancas y azules era tan hermoso como los jardínes del Paraíso. Sí, recuerdo aquel día que nuestras miradas se cruzaron por vez primera.
Yo estaba quieto, de pie, mirando fijamente sus movimientos suaves y delicados mientras servía uno de sus magníficos helados en la heladería de la vieja Dorothy Evans. Ella alzó la mirada mi me sonrió. Era un ángel, lo juro; esa joven no era de este mundo.

Pasaron días aún hasta que me decidía a entrar a la heladería. No sé si ha entrado alguna vez, agente; pero esa es la mejor heladería del mundo.
Solía ir a diario cuando era un niño. Allí tenían todos los helados que un crío puediera desear, y la vieja Dorothy Evans era la mujer más agradable del mundo. Recuerdo que en una ocasión un niño llegó pidiendo helado de aleta de tiburón; yo pensé que aquello no existía, que era imposible, de dónde iba a sacar aquella buena mujer semejante pedido. Pocos segundos después volvió con aquel helado y se lo entregó al niño con la misma sonrisa con la que había servido a una niña que pedía helado de hipopótamo.
Y cuando ella entró, agente, empezaron a hacer los helados aún mejores. Esa chica era un ángel, créame. Un bello y dulce ángel...

Nunca la olvidaré, agente. Una mujer así nunca se olvida. Yo tenía que escapar de la ciudad, y nada hubiera sido lo mismo sin ella...

domingo, 27 de noviembre de 2011

Composición cansada

Cansancio. Músculos que se contraen sin fuerza ya. Pensamientos difusos, sin definir. Una luz que se va apagando lentamente al fondo de un oscuro túnel. Un dique incapaz de contener las aguas de un ancho río que fluye constante. Un continuo éxodo de emociones en forma de cascada por las mejillas. Ojos que buscan desesperados un lugar apartado donde descansar. Corazón desesperado en busca de aliento.
En otro mundo, en otra realidad, una mano fría sostiene una pluma. Detiene el plumín sobre el papel. Piensa. Escribe una novela sin fin ni argumento. Personajes cuyas vidas se cruzan en un vertiginoso instante, en solo un segundo que puede durar una eternidad. Y la pluma sigue deslizándose, diluyendo y dispersando la tinta. Una gota de tinta sobre demasiado papel. Cansancio.
Al otro lado del mundo, más allá de los mares, una voz grita. Grita. Grita. No hay respuesta. No se puede predicar en los desiertos ni pedir auxilio en medio del océano. Poco a poco se apaga la voz. Poco a poca todo vuelve a la normalidad, al silencio que nunca debió romperse. No se puede luchar eternamente contra el océano. La voluntad no puede doblegar su fuerza. La esperanza se pierde antes incluso haberla ganado.
Cansancio. Colores que se derriten. Colores que se deslizan sobre el paisaje incoloro de una ciudad perdida en medio de la selva, nostálgica. Cuerpos sin vida que se deslizan por las calles empedradas, por las plazas vacías de risas infantiles. Almas que han abandonado la tierra de los hombres en busca de reposo. Cansancio.
Cansancio. Una fuente obligada a verter sus aguas sin descanso. Un continuo discurrir de agua fresca y sangre tan ardiente como el sol de mediodía. Cadencia lenta de pasos en el pasillo. Renqueo en la escalera. Torres que ya no aguantan el paso del tiempo, no resisten los envites de los vientos, ni quieren arrojar más sombra sobre las viejas plazas. Estatuas de piedra. Vestidos de mármol que nadie se atreve a vestir.
Desde la lejanía llegan redobles de tambor. Una mano blanca y otra negra golpean sin cesar instrumentos que anuncian finales. Rumores. A lo lejos resuena el batir de unas alas. Baten despacio el aire. Un ave se eleva con dificultad. No quiere. No puede. Cansancio.
Torsos desnudos reptan en la oscuridad. Serpientes heridas que sufren con cada nuevo movimiento. Buitres que acechan. Esperanza de un festín seguro en medio de la nada, en medio de los desiertos del alma. Festín de huesos desgastados. Festín de órganos secos, magullados, desangrados.
Cansancio. Tierra seca. Campos abandonados. Tierra sin brazos, dejada para siempre atrás. Tierra que añora a sus hijos. Hijos sin pan con que alimentarse y lágrimas de dolor de madres sin hijos. Mujeres secas. Mujeres hechas de una tierra inculta que se abre bajo los pies. Cansancio.
Cansancio. Palabras lentas. Ecos. Sonidos a duras penas audibles desde esta orilla. Letras cansadas de existir. Letras cansadas de ir a la escuela, y escuelas vacías de voluntad, de deseo, de futuro. Escuelas llenas de alumnos sordos y profesores mudos. Escuelas llenas de nada. Muros cansados que impiden entrar la luz de un sol que se pone. Sol de la tarde. Sol frío, muerto, pesado.
Y los caballos no corren. Y sus trotes no alegran ya las llanuras y praderas. Silencio en los cielos. Silencio en las habitaciones del mundo. Creación silenciosa sobre el papel rasgado por la pluma que todo o escribe, que todo lo hace posible. Puntos cardinales que no se tocan jamás. Estrellas que no guían. Luces de un alba a la que da pereza despertar. Cansancio.
Cansancio. Abre los ojos, por favor. Deja oír tu voz una vez más. No mueras. No desistas. Lucha, por favor. No dejes que se extinga la luz. Un último esfuerzo. Un último suspiro. No te vayas aún, tan pronto. No te calles, no llores, no te arrastres, no te pierdas, no te abandones, no me abandones…abre los ojos, por favor…cansancio.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Noticia para el Día de Difuntos

Hola a todos:
Como sabéis, ya ha pasado la Noche de los Santos y los Difuntos, que viene celebrándose como Halloween en buena parte del mundo.
Estas noches son, como también sabéis, algo más que especiales. Hay quien las califica de mágicas, aunque con un tinte mucho más tétrico, mucho más macabro.
Existen numerosas historias que narran espeluznantes hechos acaecidos entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre. Historias que helarían la sangre de cualquiera, incluso de los más valientes.
Son historias que, ciertamente, inquietan, aterran y causan curiosidad a partes iguales. Las hay en todos los países y en todas las épocas. Son historias que enfrentan al ser humano con sus mayores temores, con su pasado, con su futuro… Historias propias de una noche en la que las ánimas de quienes nos dejan, cobran forma y nos traen mensajes de un mundo que nos aguarda irremediablemente. Italia no es una salvedad.
El otro día, mientras leía los periódicos, me topé con asombro con esta historia que he decidido traduciros para que podáis conocer los terroríficos hechos que tuvieron lugar en la ciudad de Roma. No pretendo alarmar a nadie. Mi única intención es reproducir la verdad; y sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas…

 
Roma, 2/11/2011
Mario Scupolli, Corriere della Sera.
¿Y CÓMO ESTÁ LA FAMILIA?
Sí, señores. La noticia de la que se hace eco hoy el Corriere della Sera es, cuanto menos, inusual y escalofriante, no apta para corazones delicados ni nervios sensibles.
Un servidor se ha desplazado hasta Via dei Prefetti, donde vive la familia de Claudio P., un joven estudiante de Psicología en la Sapienza de Roma, para desvelar el dolor desgarrador que sufren todos los miembros de la familia desde que, en vísperas de la festividad de los Santos, recibieron la más insólita de las noticias.
Todo comenzó en diciembre de 2010, cuando Pietro P., hermano menor de Claudio, dejó este mundo para siempre en un brutal accidente cuando viajaba de Nápoles a Catanzaro, donde se reuniría con su novia, estudiante de dicha ciudad. Desde entonces, la vida de la familia no ha sido la misma, y todos parecían haberse sumido en la peor de las angustias, especialmente el joven Claudio, a quien su hermano estaba bastante apegado.
Mas por sí, la noticia no tendría nada de escalofriante de no ser por lo sucedido en la mañana del 1 de noviembre de este año, cuando el joven Claudio decidió rencontrarse con una amiga ausente durante los últimos tres años.
La joven, que no ha querido que sus datos trascendieran a los medios, se citó con Claudio en Piazza Navona sin tener idea alguna de lo ocurrido un año antes en una vieja carretera secundaria al sur de Italia.
Así, según nos cuenta un destrozado Claudio, la joven dio los usuales dos besos y afirmó haber visto la tarde anterior al hermano fallecido. ¿Una broma de mal gusto? Todo indica que no.
Al parecer, la joven estaba bastante bien informada de la vida de Claudio y su familia ya que, según el propio Claudio, había mantenido una larga conversación la noche anterior con el ánima del difunto.
“Aseguró que vio a mi hermano algo extraño, como nervioso por una razón no llegaba a comprender […] Cuando le pregunté cómo vestía, me lo describió con la misma ropa con la que murió”. Entre sollozos, el joven nos explicó que su hermano había preguntado por el estado de la familia, especialmente por el de su “querido hermano, al que hacía días que no veía”. Según nos cuenta, a la joven le pareció una pregunta bastante extraña, por lo que optó por reír. En ese momento, nos dice, el supuesto espíritu del difunto arrancó en lágrimas y se fue corriendo.
Este diario ha tratado de entrevistar a la joven, pero ésta se ha negado tras afirmar que lamenta enormemente haber abierto las heridas de la familia, y asegura encontrarse muy asustada ahora que ha conocido la verdad”.
Esa fue la noticia. En ella había una fotografía de Claudio sosteniendo un retrato de su hermano menor, que no reproduzco aquí por respeto a la familia. Descanse en paz.

domingo, 3 de abril de 2011

Lágrimas...

Me siento frente a mi escritorio, donde tantas otras veces he hecho mi trabajo mi mundo; pero esta vez la concentración es imposible.
El día se ha levantado gris, triste. La lluvia tras los cristales no me deja prestar atención a mis notas y quehaceres, mejor dicho, me obliga a prestar atención al mundo que hay más allá de los cristales de mi ventanal.

El cielo llora. Sus lágrimas resbalan por los cristales y mojan las calles de la ciudad que se extiende bajo el manto celeste de la bóveda, teñido de gris desde esta mañana.
El sol no ha brillado hoy. Nada, ni un poco. Sin duda, hoy es un día muy triste aquí.
Fuera, todo permanece en silencio. Las aves no cantan y la lluvia aleja, cuando no extingue, el eco de los pasos por el empedrado de las calles. Solo algún coche, quizás uno de esos autobuses, fiel a su trayecto, rompe el sepulcral silencio que traen consigo las lágrimas del cielo.

La lluvia cae cada vez con mayor intensidad. Parece que el cielo, más que llorando, se estuviera desangrando. Recuerda a uno de esos amantes que no encuentran consuelo allá donde pongan los ojos y su alma se escapa, dejando intensas punzadas de dolor en el corazón, a través de los ojos.

Desde la lejanía, como un eco de la voz del viento, llegan a mis oídos las notas y acordes de una triste melodía, tan triste como el día.
Bajo la lluvia, alguien siente la necesidad de elevar una música de cadencia lenta y pesada hasta los oídos de las alturas. Quizá sea su estómago quien sienta dicha necesidad, pero, desde luego, serán los oídos de cuantos escuchen el dulce sonido, los que se verán saciados.
La música asciende como un lamento contra las lágrimas que se derraman con más fuerza.

Como tantas otras veces, la melodía trae recuerdos a mi mente, recuerdos que se deslizan por mis mejillas como la lluvia por los cristales.
Abro la ventana para que el sonido llegue mejor a mis cansados oídos, cansado de cuanta mentira han oído, de cuantas penas acumulan.

Por primera vez soy consciente del frío que impera fuera. Solo ahora me doy cuenta de que las lágrimas no solo vacían el corazón y humedecen el rostro, sino que borran cualquier atisbo de calor y, a juzgar por el estado del cielo, también de color.
Mantengo aun un rato abierta la ventana, pero como cada vez estoy más cerca de imitar al cielo, y mis penas se escapan sin control, cierro el ventanal. Vuelvo a mi sitio frente al escritorio. Me siento a reflexionar, lejana otra vez la música, sobre lo que esconde el cielo para sentir tanta pena.

Poco a poco empiezo a centrar mi atención en mis asuntos. Ya es hora de volver al trabajo, no hay más tiempo que perder.
Mientras yo leo mis notas y repaso los documentos que inundan mi mesa, la música pierde intensidad, el cielo da una tregua, y mi alma se consuela pensando que el cielo no ha logrado apagar la vida con sus llantos; antes bien, la ha hecho más recogida.

Mi alma se consuela pensando en que, más allá de otros ventanales, del frío intenso de la calle, brilla el calor de los hogares… y yo vuelvo a lo mío.