Entrada rescatada del antiguo blog Literatura en Volendam.
"Te elevas. Notas que tus pies se despegan del duro suelo y comienzas a sentir una extraña sensación de ligereza en todas y cada una de las extremidades de tu cuerpo.
Te elevas cada vez más, como un globo o una nube. Sientes que no puedes controlar tus movimientos, y dirigirte hacia aquel lugar que ves desde lo alto, sólo puedes elevarte, cada vez más y más…te alejas poco a poco del mundo de ahí abajo.
Tus pulmones van inflándose, llenándose de aire puro y fresco, y tú sigues elevándote en medio de una sensación extraña: no tienes miedo, aunque sabes que la altura es cada vez mayor y que una caída ahora sería un fatal contratiempo.
Miras tus pies, flotantes y extrañamente pesados; pero tu mirada va rápidamente al suelo, que se aleja de ti de manera inexorable…te elevas cada vez más y más.
A lo lejos distingues los campos y ciudades del mundo, tranquilos los unos, bulliciosas las otras. Entonces crees reconocer por un instante los rostros de algunos seres queridos que se despiden de ti agitando sus manos…mientras tanto, sigues ascendiendo.
El aire es cada vez menos abundante, y más puro. Un leve escalofrío recorre tu espalda antes de que una curiosa sensación de felicidad te invada por completo.
Son la paz y la tranquilidad que pueblan las alturas, que recorren silenciosas los techos del mundo, que reinan sobre los confines de la tierra, donde la vida es ya imposible porque es demasiado sincera.
Tus labios dibujan una sonrisa en tu cara, y se erige como la antesala de una explosión de risas contenidas desde hace mucho tiempo… ¡Dios, piensas, qué sensación tan grande!
No puedes dejar de reír, y vas alejándote cada vez más del mundo. Sientes que tu alma se expande, y ves el mundo como una inmensa canica lejana que algún infante risueño hace girar como un trompo.
Te alejas cada vez más…cierras los ojos mientras la sonrisa crece en tu interior y se propaga a tu rostro…te alejas…con un último suspiro, dejas atrás un horrible mundo…y te alejas para siempre".
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domingo, 29 de abril de 2012
domingo, 27 de noviembre de 2011
Composición cansada
Cansancio. Músculos que se contraen sin fuerza ya. Pensamientos difusos, sin definir. Una luz que se va apagando lentamente al fondo de un oscuro túnel. Un dique incapaz de contener las aguas de un ancho río que fluye constante. Un continuo éxodo de emociones en forma de cascada por las mejillas. Ojos que buscan desesperados un lugar apartado donde descansar. Corazón desesperado en busca de aliento.
En otro mundo, en otra realidad, una mano fría sostiene una pluma. Detiene el plumín sobre el papel. Piensa. Escribe una novela sin fin ni argumento. Personajes cuyas vidas se cruzan en un vertiginoso instante, en solo un segundo que puede durar una eternidad. Y la pluma sigue deslizándose, diluyendo y dispersando la tinta. Una gota de tinta sobre demasiado papel. Cansancio.
Al otro lado del mundo, más allá de los mares, una voz grita. Grita. Grita. No hay respuesta. No se puede predicar en los desiertos ni pedir auxilio en medio del océano. Poco a poco se apaga la voz. Poco a poca todo vuelve a la normalidad, al silencio que nunca debió romperse. No se puede luchar eternamente contra el océano. La voluntad no puede doblegar su fuerza. La esperanza se pierde antes incluso haberla ganado.
Cansancio. Colores que se derriten. Colores que se deslizan sobre el paisaje incoloro de una ciudad perdida en medio de la selva, nostálgica. Cuerpos sin vida que se deslizan por las calles empedradas, por las plazas vacías de risas infantiles. Almas que han abandonado la tierra de los hombres en busca de reposo. Cansancio.
Cansancio. Una fuente obligada a verter sus aguas sin descanso. Un continuo discurrir de agua fresca y sangre tan ardiente como el sol de mediodía. Cadencia lenta de pasos en el pasillo. Renqueo en la escalera. Torres que ya no aguantan el paso del tiempo, no resisten los envites de los vientos, ni quieren arrojar más sombra sobre las viejas plazas. Estatuas de piedra. Vestidos de mármol que nadie se atreve a vestir.
Desde la lejanía llegan redobles de tambor. Una mano blanca y otra negra golpean sin cesar instrumentos que anuncian finales. Rumores. A lo lejos resuena el batir de unas alas. Baten despacio el aire. Un ave se eleva con dificultad. No quiere. No puede. Cansancio.
Torsos desnudos reptan en la oscuridad. Serpientes heridas que sufren con cada nuevo movimiento. Buitres que acechan. Esperanza de un festín seguro en medio de la nada, en medio de los desiertos del alma. Festín de huesos desgastados. Festín de órganos secos, magullados, desangrados.
Cansancio. Tierra seca. Campos abandonados. Tierra sin brazos, dejada para siempre atrás. Tierra que añora a sus hijos. Hijos sin pan con que alimentarse y lágrimas de dolor de madres sin hijos. Mujeres secas. Mujeres hechas de una tierra inculta que se abre bajo los pies. Cansancio.
Cansancio. Palabras lentas. Ecos. Sonidos a duras penas audibles desde esta orilla. Letras cansadas de existir. Letras cansadas de ir a la escuela, y escuelas vacías de voluntad, de deseo, de futuro. Escuelas llenas de alumnos sordos y profesores mudos. Escuelas llenas de nada. Muros cansados que impiden entrar la luz de un sol que se pone. Sol de la tarde. Sol frío, muerto, pesado.
Y los caballos no corren. Y sus trotes no alegran ya las llanuras y praderas. Silencio en los cielos. Silencio en las habitaciones del mundo. Creación silenciosa sobre el papel rasgado por la pluma que todo o escribe, que todo lo hace posible. Puntos cardinales que no se tocan jamás. Estrellas que no guían. Luces de un alba a la que da pereza despertar. Cansancio.
Cansancio. Abre los ojos, por favor. Deja oír tu voz una vez más. No mueras. No desistas. Lucha, por favor. No dejes que se extinga la luz. Un último esfuerzo. Un último suspiro. No te vayas aún, tan pronto. No te calles, no llores, no te arrastres, no te pierdas, no te abandones, no me abandones…abre los ojos, por favor…cansancio.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Noticia para el Día de Difuntos
Hola a todos:
Como sabéis, ya ha pasado la Noche de los Santos y los Difuntos, que viene celebrándose como Halloween en buena parte del mundo.
Estas noches son, como también sabéis, algo más que especiales. Hay quien las califica de mágicas, aunque con un tinte mucho más tétrico, mucho más macabro.
Existen numerosas historias que narran espeluznantes hechos acaecidos entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre. Historias que helarían la sangre de cualquiera, incluso de los más valientes.
Son historias que, ciertamente, inquietan, aterran y causan curiosidad a partes iguales. Las hay en todos los países y en todas las épocas. Son historias que enfrentan al ser humano con sus mayores temores, con su pasado, con su futuro… Historias propias de una noche en la que las ánimas de quienes nos dejan, cobran forma y nos traen mensajes de un mundo que nos aguarda irremediablemente. Italia no es una salvedad.
El otro día, mientras leía los periódicos, me topé con asombro con esta historia que he decidido traduciros para que podáis conocer los terroríficos hechos que tuvieron lugar en la ciudad de Roma. No pretendo alarmar a nadie. Mi única intención es reproducir la verdad; y sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas…
“Roma, 2/11/2011
Mario Scupolli, Corriere della Sera.
¿Y CÓMO ESTÁ LA FAMILIA?
Sí, señores. La noticia de la que se hace eco hoy el Corriere della Sera es, cuanto menos, inusual y escalofriante, no apta para corazones delicados ni nervios sensibles.
Un servidor se ha desplazado hasta Via dei Prefetti, donde vive la familia de Claudio P., un joven estudiante de Psicología en la Sapienza de Roma, para desvelar el dolor desgarrador que sufren todos los miembros de la familia desde que, en vísperas de la festividad de los Santos, recibieron la más insólita de las noticias.
Todo comenzó en diciembre de 2010, cuando Pietro P., hermano menor de Claudio, dejó este mundo para siempre en un brutal accidente cuando viajaba de Nápoles a Catanzaro, donde se reuniría con su novia, estudiante de dicha ciudad. Desde entonces, la vida de la familia no ha sido la misma, y todos parecían haberse sumido en la peor de las angustias, especialmente el joven Claudio, a quien su hermano estaba bastante apegado.
Mas por sí, la noticia no tendría nada de escalofriante de no ser por lo sucedido en la mañana del 1 de noviembre de este año, cuando el joven Claudio decidió rencontrarse con una amiga ausente durante los últimos tres años.
La joven, que no ha querido que sus datos trascendieran a los medios, se citó con Claudio en Piazza Navona sin tener idea alguna de lo ocurrido un año antes en una vieja carretera secundaria al sur de Italia.
Así, según nos cuenta un destrozado Claudio, la joven dio los usuales dos besos y afirmó haber visto la tarde anterior al hermano fallecido. ¿Una broma de mal gusto? Todo indica que no.
Al parecer, la joven estaba bastante bien informada de la vida de Claudio y su familia ya que, según el propio Claudio, había mantenido una larga conversación la noche anterior con el ánima del difunto.
“Aseguró que vio a mi hermano algo extraño, como nervioso por una razón no llegaba a comprender […] Cuando le pregunté cómo vestía, me lo describió con la misma ropa con la que murió”. Entre sollozos, el joven nos explicó que su hermano había preguntado por el estado de la familia, especialmente por el de su “querido hermano, al que hacía días que no veía”. Según nos cuenta, a la joven le pareció una pregunta bastante extraña, por lo que optó por reír. En ese momento, nos dice, el supuesto espíritu del difunto arrancó en lágrimas y se fue corriendo.
Este diario ha tratado de entrevistar a la joven, pero ésta se ha negado tras afirmar que lamenta enormemente haber abierto las heridas de la familia, y asegura encontrarse muy asustada ahora que ha conocido la verdad”.
Esa fue la noticia. En ella había una fotografía de Claudio sosteniendo un retrato de su hermano menor, que no reproduzco aquí por respeto a la familia. Descanse en paz.
domingo, 3 de abril de 2011
Lágrimas...
Me siento frente a mi escritorio, donde tantas otras veces he hecho mi trabajo mi mundo; pero esta vez la concentración es imposible.
El día se ha levantado gris, triste. La lluvia tras los cristales no me deja prestar atención a mis notas y quehaceres, mejor dicho, me obliga a prestar atención al mundo que hay más allá de los cristales de mi ventanal.
El cielo llora. Sus lágrimas resbalan por los cristales y mojan las calles de la ciudad que se extiende bajo el manto celeste de la bóveda, teñido de gris desde esta mañana.
El sol no ha brillado hoy. Nada, ni un poco. Sin duda, hoy es un día muy triste aquí.
Fuera, todo permanece en silencio. Las aves no cantan y la lluvia aleja, cuando no extingue, el eco de los pasos por el empedrado de las calles. Solo algún coche, quizás uno de esos autobuses, fiel a su trayecto, rompe el sepulcral silencio que traen consigo las lágrimas del cielo.
La lluvia cae cada vez con mayor intensidad. Parece que el cielo, más que llorando, se estuviera desangrando. Recuerda a uno de esos amantes que no encuentran consuelo allá donde pongan los ojos y su alma se escapa, dejando intensas punzadas de dolor en el corazón, a través de los ojos.
Desde la lejanía, como un eco de la voz del viento, llegan a mis oídos las notas y acordes de una triste melodía, tan triste como el día.
Bajo la lluvia, alguien siente la necesidad de elevar una música de cadencia lenta y pesada hasta los oídos de las alturas. Quizá sea su estómago quien sienta dicha necesidad, pero, desde luego, serán los oídos de cuantos escuchen el dulce sonido, los que se verán saciados.
La música asciende como un lamento contra las lágrimas que se derraman con más fuerza.
Como tantas otras veces, la melodía trae recuerdos a mi mente, recuerdos que se deslizan por mis mejillas como la lluvia por los cristales.
Abro la ventana para que el sonido llegue mejor a mis cansados oídos, cansado de cuanta mentira han oído, de cuantas penas acumulan.
Por primera vez soy consciente del frío que impera fuera. Solo ahora me doy cuenta de que las lágrimas no solo vacían el corazón y humedecen el rostro, sino que borran cualquier atisbo de calor y, a juzgar por el estado del cielo, también de color.
Mantengo aun un rato abierta la ventana, pero como cada vez estoy más cerca de imitar al cielo, y mis penas se escapan sin control, cierro el ventanal. Vuelvo a mi sitio frente al escritorio. Me siento a reflexionar, lejana otra vez la música, sobre lo que esconde el cielo para sentir tanta pena.
Poco a poco empiezo a centrar mi atención en mis asuntos. Ya es hora de volver al trabajo, no hay más tiempo que perder.
Mientras yo leo mis notas y repaso los documentos que inundan mi mesa, la música pierde intensidad, el cielo da una tregua, y mi alma se consuela pensando que el cielo no ha logrado apagar la vida con sus llantos; antes bien, la ha hecho más recogida.
Mi alma se consuela pensando en que, más allá de otros ventanales, del frío intenso de la calle, brilla el calor de los hogares… y yo vuelvo a lo mío.
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