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sábado, 1 de septiembre de 2012

A las moscas


A vosotras, las familiares,
a vosotras el poeta os cantó;
tras la siesta, al sosiego
de la tarde os inmortalizó.

Vosotras, moscas vulgares,
tuvisteis grande honor.
Pues de todos los andaluces
os cantó el mejor.

Ahora, aquí y en casa
no puedo con vosotras,
flechas torpes y erradas;
de cuantas criaturas hay,
las más pesadas.

Saltar y revolotear
es de vuestros juegos el mejor;
sobre sus pechos y mis espaldas,
cansados de vosotras los dos.

No errara el gran poeta
ni en sus formas ni palabras,
Dios me libre de juzgarlo.
Pero vosotras, ¡pobres diablos!

Saetas negras del día,
dardos cansinos de la tarde,
a cantaros quién osaría
y a soportaros quién osare.

Y pese a todo, voladoras,
sucias trepadoras,
tenéis un toque de gracia,
vosotras las aladas.

De vosotras me despido
y larga vida no os deseo
ni la buena fama ganada
a vosotras, negras saetas aladas.

 
 
 
 

lunes, 23 de abril de 2012

El combatiente

A los amigos del Programa de Mayores
de Cruz Roja Española.




Cada día era una nueva prueba, una lucha personal contra sí mismo y contra el tiempo que lo acechaba, que no le daba ni un minuto de tregua.
Sin embargo, no solo no le importa, sino que se mostraba orgulloso de seguir en pie un día más, pese a que la guerra se recrudecía y el enemigo avanzaba implacable.
A veces pensaba que de nada servía librar y ganar un nuevo combate en una lucha pírrica, perdida de antemano, y cruel; sobre todo, cruel. Pero en seguida miraba a su alrededor. Los rostros de quienes luchaban con él, de quienes estaban dispuestos a morir por él, y recobraba los ánimos, las ganas de seguir peleando hasta el final.

Cierto es que se sentía cansado. Su mente no era ya tan ágil, y su cuerpo lo era aún menos. El enemigo, omnisciente como era, trataba de valerse de aquella falta de agilidad, pero aquel soldado, después de tantos años sorteando peligros y esquivando balas, había aprendido a no dejarse matar.

En ocasiones le temblaban las manos, y no por miedo. Según él, se debía a que por las venas le corría el ritmo de la vida, y que su cuerpo no podía resistirse a bailarlo, quizás en un intento por escapar de los horrores de la guerra.

Sí, definitivamente, habían pasado demasiado año y ninguno de ellos en balde. Le costaba mucho reconocerse en los espejos. Ya no quedaba nada de aquel jovenzuelo que recorría las calles matando el tiempo o bebiéndose las mismas calles que pisaba con la fuerza de un titán.
Aún así, él se seguía sintiendo un chaval. Reía como el primer día, eso sí; aunque ahora había aprendido a reírse también de su suerte.

La mayoría de sus amigos habían caído ya. Los nuevos se habían ido incorporando sin cesar a la enorme y voraz máquina de matar que es la vida. A él no le quedaba ya demasiado, y lo sabía bien. Otro ocuparía su puesto dentro de poco tiempo, y quien lo hiciera, también tendría problemas para reconocerse después de tantos días en la trinchera.

La piel seca, las venas del rostro a flor de piel, los cabellos blancos y las manchas en cara y manos eran algunos de los síntomas del paso del tiempo, sus peculiares heridas de guerra. Aunque, qué duda cabía,las heridas más profundas las llevaba en la memoria. Penas y alegrías que acudían a visitarlo día y noche; especialmente las alegrías, sin las que la lucha habría sido imposible.
Y es que, a medida que pasaban los años, y habían pasado ya muchos, había ido olvidando los malos momentos. Al principio les concedía demasiada importancia, pero terminó por darse cuenta de lo contraproducente que aquel atesoramiento resultaba para el corazón, para el espíritu. Un auténtico polvorín, una bomba de relojería.

Es verdad que existían momentos imborrables, grabados a fuego en su memoria, incrustados en lo más profundo de su alma como los proyectiles de un fusilamiento en un inmaculado paredón. Y, en cierto modo, eso ocurría con aquellos malos recuerdos, que cada día lo fusilaban sin piedad y a cara descubierta.

Recordaba, por ejemplo, a su dulce esposa. Murió unos años atrás cubierta por esa gloria con la que se cubren las buenas personas al llegar el final. También recordaba a sus padres, a sus amigos...
A veces hablaba con ellos. Con todos. Ninguno le respondía, pero él sabía de sobra que lo escuchaban.

En fin, ya solo quedaba esperar entre recuerdos. Repeler los ataques del tiempo. Resistir valientemente los envites de la vida. Seguir siendo un niño para siempre...

miércoles, 18 de abril de 2012

Un susto de muerte

Era ya tarde. Hacía horas que el reloj había pasado de la medianoche y las campanas de la iglesia habían anunciado el comienzo de otra madrugada.

Se levantó de la silla donde se encontraba repasando un par de notas sin importancia. Ya había terminado sus quehaceres y se encontraba en completa soledad con sus pensamientos.
Ahora que su madre había ido a dormir, podía dedicarse a pensar en voz alta sobre el día tan ajetreado que había tenido. Un día largo. Un día de idas y venidas, de carreras desesperadas de un lugar a otro, sin descanso alguno, ni un triste minuto para reposar cuerpo y mente.
Pero por fin no quedaba nadie en la salita de casa, nadie podía ahora impedirle dar salida a sus pensamientos, encerrados durante casi veinticuatro horas en tan poco espacio.

Pensó en ver un rato la televisión para despejarse. Siempre le había funcionado cuando no estaba al cien por cien; no obstante, descartó rápido la idea. Tal vez si leía uno o dos capítulos del libro que había empezado...no, definitivamente no. Necesitaba dormir.
Un sueño reparador, de esos que duran horas y horas y se termina por perder la noción del tiempo, es lo que necesitaba.
Fue a prepararse. Después de apurar un plato con un par de dulces convenientemente puesto sobre la mesa de la cocina, fue al baño y se empleó a fondo con los dientes. Siempre decía que una dentadura sana es sinónimo de un alma sana.

Al llegar a la habitación, sobriamente decorada, decidió no encender la luz. Si descorría la cortina del balcón podía ver gracias a la luz de la luna que brillaba más llena que nunca. Mirar aquel cielo oscuro era un alivio para su embotada mente. Las estrellas lucían quietas en lo más alto de la bóveda, ajenas a lo que ocurría en aquel miserable rincón de un planeta perdido.
Fuera soplaba algo de viento. El balcón mal cerrado dejaba entrar un cuchillo de aire frío que agitaba la cortina sin demasiadas ganas. Se cambió y se tumbó a mirar el cielo a través de los limpios cristales.
De repente, como quien ve un espejismo en el desierto, le pareció que algo se movía en el balcón. Una sombra. Quizá algún ave nocturna que se hubiera posado en él. Contuvo el aliento como esperando algo más, un movimiento, un sonido, algo...
Nada. Se levantó de la cama y dudó si acercarse algo más a la ventana. Fuera lo que fuera aquello, estaba aún en el balcón, esperando un momento.
No sabía qué hacer. Su mente había comenzado a ir cada vez más deprisa siguiendo el ritmo desenfrenado del corazón. Oyó un sonido.
Poco a poco se fue acercando al cristal que separaba un mundo de otro. Empezaba a inquietarse. Fue pegando la mejilla al cristal para ver de reojo lo que había aterrizado en su balcón. Poco sabía entonces que no haría falta afinar la vista.

Salidos completamente de la oscuridad, de la nada, unos sanguinolentos ojos se clavaron frente a los suyos. Un gesto de terror se dibujó en su rostro y retrocedió súbitamente. Aquel ser abrió unas fauces terribles y pareció emitir un chillido que heló la sangre de quien lo oyó.
Ese fue el momento en que, en el retroceso, tuvo la mala suerte de pisar su propia ropa. Madre le había advertido miles de veces que tenía que poner orden en la habitación, pero siempre se había burlado de ella.
Mientras caía hacia atrás vio como aquel horrible ser, similar a un murciélago enorme o a una polilla de aspecto humano, levantaba el vuelo con una sonrisa aún en los labios. Lo último que sintió fue un fuerte dolor en la cabeza.

A la mañana siguiente, el pueblo entero se despertó con la espeluznante noticia. ¿Cómo moría alguien con aquella expresión de miedo en el rostro?¿Qué ser había causado un espanto tal que provocara la muerte más horrible de todas?

domingo, 27 de noviembre de 2011

Composición cansada

Cansancio. Músculos que se contraen sin fuerza ya. Pensamientos difusos, sin definir. Una luz que se va apagando lentamente al fondo de un oscuro túnel. Un dique incapaz de contener las aguas de un ancho río que fluye constante. Un continuo éxodo de emociones en forma de cascada por las mejillas. Ojos que buscan desesperados un lugar apartado donde descansar. Corazón desesperado en busca de aliento.
En otro mundo, en otra realidad, una mano fría sostiene una pluma. Detiene el plumín sobre el papel. Piensa. Escribe una novela sin fin ni argumento. Personajes cuyas vidas se cruzan en un vertiginoso instante, en solo un segundo que puede durar una eternidad. Y la pluma sigue deslizándose, diluyendo y dispersando la tinta. Una gota de tinta sobre demasiado papel. Cansancio.
Al otro lado del mundo, más allá de los mares, una voz grita. Grita. Grita. No hay respuesta. No se puede predicar en los desiertos ni pedir auxilio en medio del océano. Poco a poco se apaga la voz. Poco a poca todo vuelve a la normalidad, al silencio que nunca debió romperse. No se puede luchar eternamente contra el océano. La voluntad no puede doblegar su fuerza. La esperanza se pierde antes incluso haberla ganado.
Cansancio. Colores que se derriten. Colores que se deslizan sobre el paisaje incoloro de una ciudad perdida en medio de la selva, nostálgica. Cuerpos sin vida que se deslizan por las calles empedradas, por las plazas vacías de risas infantiles. Almas que han abandonado la tierra de los hombres en busca de reposo. Cansancio.
Cansancio. Una fuente obligada a verter sus aguas sin descanso. Un continuo discurrir de agua fresca y sangre tan ardiente como el sol de mediodía. Cadencia lenta de pasos en el pasillo. Renqueo en la escalera. Torres que ya no aguantan el paso del tiempo, no resisten los envites de los vientos, ni quieren arrojar más sombra sobre las viejas plazas. Estatuas de piedra. Vestidos de mármol que nadie se atreve a vestir.
Desde la lejanía llegan redobles de tambor. Una mano blanca y otra negra golpean sin cesar instrumentos que anuncian finales. Rumores. A lo lejos resuena el batir de unas alas. Baten despacio el aire. Un ave se eleva con dificultad. No quiere. No puede. Cansancio.
Torsos desnudos reptan en la oscuridad. Serpientes heridas que sufren con cada nuevo movimiento. Buitres que acechan. Esperanza de un festín seguro en medio de la nada, en medio de los desiertos del alma. Festín de huesos desgastados. Festín de órganos secos, magullados, desangrados.
Cansancio. Tierra seca. Campos abandonados. Tierra sin brazos, dejada para siempre atrás. Tierra que añora a sus hijos. Hijos sin pan con que alimentarse y lágrimas de dolor de madres sin hijos. Mujeres secas. Mujeres hechas de una tierra inculta que se abre bajo los pies. Cansancio.
Cansancio. Palabras lentas. Ecos. Sonidos a duras penas audibles desde esta orilla. Letras cansadas de existir. Letras cansadas de ir a la escuela, y escuelas vacías de voluntad, de deseo, de futuro. Escuelas llenas de alumnos sordos y profesores mudos. Escuelas llenas de nada. Muros cansados que impiden entrar la luz de un sol que se pone. Sol de la tarde. Sol frío, muerto, pesado.
Y los caballos no corren. Y sus trotes no alegran ya las llanuras y praderas. Silencio en los cielos. Silencio en las habitaciones del mundo. Creación silenciosa sobre el papel rasgado por la pluma que todo o escribe, que todo lo hace posible. Puntos cardinales que no se tocan jamás. Estrellas que no guían. Luces de un alba a la que da pereza despertar. Cansancio.
Cansancio. Abre los ojos, por favor. Deja oír tu voz una vez más. No mueras. No desistas. Lucha, por favor. No dejes que se extinga la luz. Un último esfuerzo. Un último suspiro. No te vayas aún, tan pronto. No te calles, no llores, no te arrastres, no te pierdas, no te abandones, no me abandones…abre los ojos, por favor…cansancio.