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sábado, 19 de noviembre de 2011

El payaso Taso

El payaso Taso es amigo de los niños. Eso lo sabe todo aquel haya oído hablar de él alguna vez o lo haya visto. A decir verdad, el payaso Taso es amigo de todo el mundo; tanto de niños como de adultos.
El payaso Taso es un personaje querido por todos: grandes y pequeños, niños y niñas, ancianos y ancianas… incluso por esas señoras que no devuelven la pelota a los chicos cuando, en un momento de euforia y por descuido, el infantil objeto de entretenimiento alcanza un patio o un balcón Incluso esas señoras que parecen tener el alma más seca y arrugada que la piel, dejan caer alguna lágrima de alegría o tristeza al ver actuar al payaso Taso.
¡Imaginaos el cuadro cuando el cómico hace su aparición! Sale al improvisado escenario con su largo gorro picudo y su traje bombacho. Alrededor del cuello, unos volantes antaño blancos parecen resaltar su rostro pintado. En sus ojos lleva dos rombos, uno azul y otro verde, como los colores de la naturaleza, a la que ama tanto como a su público. Un enorme óvalo rojo circunda su boca y, cuando ríe, es como si su sonrisa envolviera toda su cabeza. La nariz es redonda y amarilla, a juego con el color de su holgado vestido. Dicen que el amarillo trae mala suerte sobre el escenario, pero eso no preocupa al payaso Taso, quien afirma una y otra vez que sólo de nuestro carácter depende nuestro porvenir.
No obstante, es muy supersticioso a la hora de calzar, por lo que siempre viste sus enormes zapatones de más de un metro, esos que un día lucieran lustrosos un bello color blanco, y que hoy no son más que un puñado de remiendos mal hechos. Pues de esta guisa se presenta siempre nuestro artista y, llueva o nieve, lleva a cabo su hermoso espectáculo.
Y os puedo asegurar que su espectáculo es poco convencional, ya que el payaso Taso no emite ni un solo sonido, y su actuación se basa en su expresión, en los movimientos de su cuerpo, elegidos cuidadosamente uno a uno para despertar las emociones dormidas de quien, normalmente, no tiene tiempo para el arte ni para los sentimientos.
Ahora corre hacia aquí… ahora corre hacia allá… aquí salta y allá hace una pirueta con cara de preocupación, pues es grave que caiga alguna de las bolas con las que hace malabares. ¡Ay, qué gran artista es el payaso Taso!
No hay nadie en este mundo, por grande o chico que sea, que no haya visto algún viaje al interior del corazón con el payaso. ¡Míralo, míralo!... jajaja… ¡cómo corre de un lado a otro, ora saltando y riendo como un loco, ora danzando tristemente al tiempo que llora como una de esas magdalenas tan esponjosas! ¡Ay, qué gran artista es el payaso Taso!
Míralo ahí, quieto, bien firme para su próximo truco. Ahora salta y se agacha. ¡Ha sacado una paloma de sus bombachos pantalones! El público ríe, aplaude alegre. Todos olvidan las penas con el payaso Taso. ¡Míralo ahora!... jajaja… ¡se ha caído y se levanta de un salto para llegar a las estrellas!... jajaja… ¡sube al monociclo! ¡Ay, qué gran artista es el payaso Taso! ¡Míralo otra vez!... jajaja…
La tarde cae. El espectáculo ha terminado y los niños vuelven a casa pues mañana los espera una larga jornada de colegio. Volverán a los números, a las letras, a repasar la historia de los grandes hombres del pasado; pero jamás olvidarán esta tarde con el payaso Taso. También los adultos se recogen. Al día siguiente deben cumplir con el jefe. Ellos tienen responsabilidades.
El payaso Taso también vuelve a casa. Él no tiene nada que ver con letras ni números, ni con las historias de grandes hombres del pasado. Y en la soledad de su mísera habitación, despreciado por hombres serios que lo usan como ejemplo para niños que no quieren ir a la escuela, el payaso Taso… bueno, el hombre, sin su ridículo maquillaje ni sus enormes zapatones, sin su bombacho traje ni fuerzas para seguir saltando, Ramón Torcuato, el desconocido para todos, se prepara para afrontar la mayor de las responsabilidades: alegrar el corazón de grandes y pequeños, y recordar, a través de las emociones que provocan risas y lágrimas, que somos, por encima de todo, seres humanos.
¡Un aplauso para el payaso Taso! Y una sonrisa de agradecimiento para Ramón Torcuato.

domingo, 3 de abril de 2011

Lágrimas...

Me siento frente a mi escritorio, donde tantas otras veces he hecho mi trabajo mi mundo; pero esta vez la concentración es imposible.
El día se ha levantado gris, triste. La lluvia tras los cristales no me deja prestar atención a mis notas y quehaceres, mejor dicho, me obliga a prestar atención al mundo que hay más allá de los cristales de mi ventanal.

El cielo llora. Sus lágrimas resbalan por los cristales y mojan las calles de la ciudad que se extiende bajo el manto celeste de la bóveda, teñido de gris desde esta mañana.
El sol no ha brillado hoy. Nada, ni un poco. Sin duda, hoy es un día muy triste aquí.
Fuera, todo permanece en silencio. Las aves no cantan y la lluvia aleja, cuando no extingue, el eco de los pasos por el empedrado de las calles. Solo algún coche, quizás uno de esos autobuses, fiel a su trayecto, rompe el sepulcral silencio que traen consigo las lágrimas del cielo.

La lluvia cae cada vez con mayor intensidad. Parece que el cielo, más que llorando, se estuviera desangrando. Recuerda a uno de esos amantes que no encuentran consuelo allá donde pongan los ojos y su alma se escapa, dejando intensas punzadas de dolor en el corazón, a través de los ojos.

Desde la lejanía, como un eco de la voz del viento, llegan a mis oídos las notas y acordes de una triste melodía, tan triste como el día.
Bajo la lluvia, alguien siente la necesidad de elevar una música de cadencia lenta y pesada hasta los oídos de las alturas. Quizá sea su estómago quien sienta dicha necesidad, pero, desde luego, serán los oídos de cuantos escuchen el dulce sonido, los que se verán saciados.
La música asciende como un lamento contra las lágrimas que se derraman con más fuerza.

Como tantas otras veces, la melodía trae recuerdos a mi mente, recuerdos que se deslizan por mis mejillas como la lluvia por los cristales.
Abro la ventana para que el sonido llegue mejor a mis cansados oídos, cansado de cuanta mentira han oído, de cuantas penas acumulan.

Por primera vez soy consciente del frío que impera fuera. Solo ahora me doy cuenta de que las lágrimas no solo vacían el corazón y humedecen el rostro, sino que borran cualquier atisbo de calor y, a juzgar por el estado del cielo, también de color.
Mantengo aun un rato abierta la ventana, pero como cada vez estoy más cerca de imitar al cielo, y mis penas se escapan sin control, cierro el ventanal. Vuelvo a mi sitio frente al escritorio. Me siento a reflexionar, lejana otra vez la música, sobre lo que esconde el cielo para sentir tanta pena.

Poco a poco empiezo a centrar mi atención en mis asuntos. Ya es hora de volver al trabajo, no hay más tiempo que perder.
Mientras yo leo mis notas y repaso los documentos que inundan mi mesa, la música pierde intensidad, el cielo da una tregua, y mi alma se consuela pensando que el cielo no ha logrado apagar la vida con sus llantos; antes bien, la ha hecho más recogida.

Mi alma se consuela pensando en que, más allá de otros ventanales, del frío intenso de la calle, brilla el calor de los hogares… y yo vuelvo a lo mío.